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Entrevista a Maximino Cerezo, artista y premio alandar 2015

“En mi obra reflejo que Jesús es el liberador del pueblo en sus situaciones de opresión”

Fernando Torres

Martes 1ro de septiembre de 2015
Publicado en alandar nº320


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Maximino Cerezo en su estudio en Salamanca.
Foto: Fernando Torres

Uno de nuestros premios alandar de este año ha sido Maximino Cerezo Barredo (Villaviciosa, Asturias, 1932) artista y sacerdote claretiano español, especializado en pintura mural de carácter religioso, desarrollada principalmente en Latinoamérica. Su estilo y sus obras son sobradamente conocidas entre el público de la revista, pero hemos querido charlar con él para profundizar aún más sobre su trabajo y su vocación.

¿Cuándo empezó usted a pintar?

Podría decir que desde siempre. Como a muchos niños, me gustaba pintar. Pero fue en el teologado (1954-57) donde afloró mi vocación por la pintura, influido por el movimiento de renovación del arte sacro de aquellos años.

¿Entendieron sus superiores esa vocación no tan “común”?

Lo entendieron perfectamente, aunque quizá resulte extraño para aquellos tiempos. Me ordené sacerdote en 1957 y mis superiores me propusieron estudiar Bellas Artes y pocos años después terminé mis estudios en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Comencé a trabajar en dos frentes: en la revista Iris de Paz con Pedro Casaldáliga y Teófilo Cabestrero, ambos jóvenes e ilusionados claretianos. También trabajé mucho en la revista Ara (Arte Religioso Actual). Al tiempo iba haciendo murales y otras cosas por diversos lugares de España.

¿Cómo se hizo misionero claretiano?

Estudié en el colegio de los claretianos de Gijón. Así que no resulta extraño que me hiciese claretiano. Un sacerdote diocesano al que conocí en un campamento me dijo que podía tener vocación. Al siguiente curso hablé con un claretiano, el padre Joaquín Ayer. Con él fui madurando poco a poco aquella idea. Y en 1950, terminado quinto de bachillerato, ingresé en la congregación de los misioneros claretianos.

Sacerdote, misionero y pintor. Su forma de ser misionero ha sido pintando. ¿Cómo llegó a esa síntesis?

No fue fácil. Fue un proceso que comenzó con un viaje a Filipinas en 1968. Monseñor Querejeta, joven obispo claretiano de Basilan, me invitó a ir allí y pintar un mural y hacer otras obras en la catedral de la prelatura. Pasé allí nueve meses en contacto por primera vez con la realidad de la pobreza y de la injusticia. Lo que vi y viví allí me afectó mucho. Me sentí revolucionado y cuestionado por dentro. Cuando regresé y volví a mi trabajo como profesor y en la pastoral universitaria, me sentí incómodo. ¿Qué estaba haciendo en aquel ambiente con aquellos hijos de papá? Me planteé que tenía que cambiar de vida. Me ofrecí entonces a mis superiores a formar parte del equipo que iba a abrir una nueva misión en Perú, en una zona de selva bastante pobre en los Andes orientales, a orillas del río Huallaga, afluente del Amazonas. Vi claro que aquel era el camino, al menos el principio del camino. La primera respuesta fue negativa. Tenía que seguir en la universidad. Pero insistí y la respuesta fue entonces positiva. Con un añadido: me tenía que encargar de formar el equipo porque ellos no habían encontrado a nadie dispuesto a ir allí.

¿Cómo fueron aquellos comienzos misioneros?

Busqué y encontré cinco claretianos dispuestos. Suficiente para empezar. Yo me había preparado leyendo el documento de Medellín, fruto de la asamblea de los obispos latinoamericanos de 1968. Conocía también algo de la teología de la liberación. Antes de salir para Perú, nos reunimos unos días en el monasterio trapense de Cóbreces. Allí oramos, reflexionamos y pensamos cómo nos gustaría trabajar y vivir. La conclusión fue un documento bastante idealista que llamamos la Carta de Cóbreces, en el que nos comprometíamos a vivir cerca de los pobres, asumiendo sus causas y con un estilo fraternal y sencillo entre nosotros. Llegamos a Perú y comenzamos a trabajar. Llevé conmigo la decisión firme de dejar la pintura y dedicarme exclusivamente a la pastoral. Así pasaron los dos primeros años en los que no pasé de hacer algunos dibujos sencillos para los subsidios y materiales que hacíamos para la pastoral.

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Maximino Cerezo en su estudio en Salamanca.
Foto: Fernando Torres

¿Cuándo se produjo el cambio, la vuelta a la pintura?

A los dos años hubo un terremoto que destruyó la iglesia parroquial y el obispo me pidió que me encargase de la reconstrucción. Hice unos planos que revisaron unos arquitectos conocidos de Lima. Era una iglesia nueva. Y en ella reservé una gran pared de 38 metros de largo por tres de alto para un mural que representaría la historia de la salvación. De alguna manera, la situación me daba una oportunidad, me forzaba, incluso. Me puse manos a la obra. Las manos del Padre abarcaban casi todo el mural. El Espíritu impulsaba la historia. Allí pinté la creación, el éxodo del pueblo de Dios, los profetas. En el centro del mural, Cristo resucitado, María... Toda una catequesis que terminaba en nuestra gente, los ribereños, ya entonces tremendamente afectados por la injusticia, manifestada en una pobreza terrible, en la enfermedad y, mucho también, en la muerte de los niños. Fueron tres meses de trabajo agotador. Pero terminé y seguí con mi trabajo pastoral. Poco después pasó algo que alumbró el siguiente paso del camino. Estaba un día preparando las cosas para la misa, cuando vi entrar a una cholita. Se acercó al mural y lo fue observando con mucha atención de principio a fin. Se detuvo frente a la última escena del mural. Había pintado allí una mujer del pueblo –se veía claramente que no era María– sentada ante un cajoncito donde había un niño muerto. Era solo el retrato de una escena que desgraciadamente se repetía demasiadas veces en la realidad de aquel pueblo. Allí se paró la cholita. Con mucho tiento sacó una vela de una bolsa, la puso en el suelo, la encendió y se arrodilló ante la pintura. No lo hizo delante de Jesús ni de María sino delante de aquella mujer de pueblo que lloraba ante la criatura muerta. Ese gesto me impactó. Me dije que había sido idiota, que tenía que seguir pintando, que el pueblo pobre entiende cuando pintas desde su realidad. Me di cuenta de que tenía que pintar porque la gente entendía lo que pintaba sobre todo cuando veía reflejada en la pintura la realidad que vive. Supe entonces que me había equivocado en mi decisión de no pintar más. El pueblo sencillo y pobre me había enseñado el camino. Fue en contra de mi parecer porque fui a Perú con la decisión de no pintar más en mi vida. En adelante, poco a poco, se fueron abriendo caminos que me llevaron a pintar y a encarnar la pintura dentro de un proyecto pastoral.

A partir de ese momento, se dedica a la pintura, al arte, a tiempo completo.

El camino ya estaba abierto. Poco después fui a Medellín, en Colombia, para hacer un curso de pastoral que organizaba el Celam, allí ya pinté un mural titulado “Opción por los pobres”, hoy desaparecido porque el edificio, ironía de la historia, terminó pasando a las manos de la policía política colombiana. Luego fui a pasar una temporada a São Félix con monseñor Casaldáliga y pinté el mural de la catedral. Ahí ya me decidí totalmente a hacer de mi pintura una forma de evangelizar desde los pobres. Volví a Perú por poco tiempo. Me volví a integrar en el equipo pero aquel espacio se me hacía pequeño. Algunos años más tarde volé a Nicaragua a colaborar con Teófilo Cabestrero en el Centro Ecuménico Antonio Valdivielso. Allí, apoyando críticamente la revolución sandinista, ocupé mi tiempo en elaborar materiales para la reflexión y formación de los cristianos comprometidos en la revolución. Como la relación con la jerarquía nicaragüense (el cardenal Obando) era muy conflictiva, Teófilo y yo terminamos yéndonos a Colón, en Panamá. Allí, acogidos por el obispo Ariz y el equipo misionero claretiano, creamos un Taller de Evangelización, donde seguíamos produciendo materiales con el mismo objetivo. Ahí ya mi vocación se concretó claramente en la pintura como forma de evangelización y mi trabajo comenzó a ser más conocido. A partir de ahí empezaron a llegar invitaciones para pintar murales por toda América Latina y también en Europa y América del Norte.

Han pasado muchos años. Ha hecho muchas pinturas. ¿Cómo resumiría este camino que ha recorrido?

Siempre he querido acercar a Jesús y el Evangelio a la gente desde la realidad. A los pobres, al mundo sencillo de los pobres de América Latina, les he querido decir con mi pintura que Jesús está vivo hoy, que está presente en su realidad, que les impulsa y anima en su compromiso por llegar a una vida más justa y más fraternal en la que se sientan verdaderamente hijos e hijas de Dios. Eso ha sido lo que he intentado hacer. Creo que he aportado mi granito de arena para poner de manifiesto que Jesús es el liberador del pueblo en sus situaciones concretas y reales de opresión.



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