En materia de violencia de género hay una preocupación cada vez mayor: una de cada cuatro adolescentes reconoce haber sufrido alguna vez coerción por parte de su pareja. Pero las jóvenes no identifican esas conductas como violencia de género: sólo el 10% se identifica como víctima.

Entre los adolescentes y jóvenes persiste un importante porcentaje de maltrato, especialmente bajo forma de control: un 25% de las chicas reconoce que su pareja ha tratado en algún momento de controlar al extremo todas sus actividades, ha querido aislarla de su entorno y la ha ridiculizado o insultado ¿Por qué, si se ha avanzado mucho en el rechazo general hacia la violencia de género, persisten estos comportamientos entre los jóvenes?

Las preocupantes cifras de la violencia a las mujeres entre adolescentes, violencia de género y maltrato.La voz de alerta se dio especialmente en 2013, cuando los datos de una encuesta del Ministerio de Sanidad sobre “Percepción de la violencia de género entre adolescentes” dispararon todas las alarmas. Más recientemente, en 2015, se han reelaborado y actualizado esos datos, comparándolos con otros estudios del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) en el marco del “Plan integral contra la violencia contra la mujer de 2013/2016”.

[quote_right]La violencia de género pervive entre la juventud así como los estereotipos que subyacen a los comportamientos machistas[/quote_right]

La violencia de género, señala este último estudio, “pervive entre la juventud y la población escolarizada”, igual que perviven entre los jóvenes los estereotipos sociales que subyacen a los comportamientos machistas. Persistencia que se da en paralelo a una mayor conciencia global del problema. El rechazo de la violencia de género es del 95% entre las chicas y del 92% entre los chicos. Sin embargo, un tercio de ellos no identifica como tales las primeras señales de maltrato, como control de horarios, impedir ver a la familia o imponer a la pareja qué puede o no hacer.

“Haber intentado controlarme decidiendo hasta el mínimo detalle” es algo que reconoce haber sufrido el 28’9% de las adolescentes en alguna ocasión y un 9% de ellas padece ese comportamiento de forma más habitual. Un 23% ha sido insultada o ridiculizada por su pareja alguna vez. Un 14’8% reconoce que han usado sus contraseñas para suplantar su identidad y un 14’5% que las han hecho sentir miedo.

Los adolescentes, nativos digitales, han incorporado las nuevas tecnologías para bien y para mal. Los móviles, mensajes o Whatsapp y el uso de las redes sociales son, con frecuencia, usados para el control o para enviar insultos o amenazas Un 9’2% de chicas reconoce haberlos recibido y un 11% de los chicos haberlos enviado.

Insultar, controlar y vigilar a través del móvil son los tres comportamientos que los chicos reconocen ejercer con más frecuencia sobre sus parejas. Pero ni ellos ni ellas identifican la total gravedad de estos comportamientos.

Muchas de las jóvenes maltratadas no se identifican como tales, ya que tan sólo un 10% se reconoce como víctima, aunque un 25% de ellas reconoce los comportamientos de control antes descritos. Es decir, el maltrato entre las adolescentes está 10 puntos por encima del maltrato entre la población general, que fue del 15% en el último año.

Según el estudio del 2015, ni ellos ni ellas identifican como control o agresión comportamientos como “llevar la contraria”. Se considera poco importante, cuando es algo que el maltratador utilizará como elemento de negación de la individualidad y como justificador del maltrato. En el modelo de pareja de control/sumisión, la anulación de la individualidad del otro es el primer paso. Pero las señales de alarma no son identificadas por los jóvenes inmersos en una relación sentimental que, en su mayoría, consideran satisfactoria. Tampoco ayuda una perniciosa una idea del amor romántico que tiende a identificar la pareja perfecta con el “llegar a ser uno sólo”, anulando la individualidad. La falacia no es detectable por muchos jóvenes deslumbrados por su primera experiencia amorosa.

Los jóvenes aceptan también con mucha facilidad los celos como algo “normal”: más del 35% los consideran aceptables y más de la mitad de ellos han escuchado justificarlos en su entorno. Los expertos saben bien, sin embargo, que son la antesala de la violencia y de otras prácticas coercitivas.

Podemos añadir que los jóvenes muestran una alta tolerancia ante comportamientos violentos que pueden considerarse de baja intensidad: dar voces a los hijos o mantener discusiones en familia es considerado algo normal o aceptable por un 45% y un 35% respectivamente. Un 7% llega a considerar aceptable la violencia verbal.

También tiene su importancia otro dato referido a los jóvenes en general: el 40% de chicas de 15 a 29 años tiende a exculpar a los agresores porque consideran que tienen una enfermedad mental y un 39% afirma que si las mujeres sufren malos tratos es porque lo consienten.

Son datos que revelan la dificultad de identificar el origen y el funcionamiento del maltrato, así como la pervivencia de estereotipos sociales que identifican al hombre con “poder y control” y a la mujer con “servicio y sumisión”. Entre los jóvenes maltratadores –un 3% se identifica como tal- se da una dificultad para asumir un rol diferente basado en unas relaciones de respeto e igualdad. En las encuestas, los jóvenes rechazan con contundencia las posturas sexistas, pero justifican fácilmente estereotipos tales como: los hombres no lloran, los chicos pueden salir con muchas chicas pero no al revés, la violencia doméstica es un tema interno o que el padre haya de hacer sentir su autoridad. “El sexismo no es biológico –concluye el estudio del 2013- sino un producto cultural que hay que erradicar con la ayuda de toda la sociedad”.

[quote_right]El combate contra el maltrato pasa por que las víctimas se alerten y reaccionen ante los primeros síntomas[/quote_right]

En consecuencia, combatir esos estereotipos es esencial en el proceso de aprendizaje del respeto como base de las relaciones de pareja. El respeto es, para chicos y chicas, el elemento esencial de una buena relación, por delante incluso del amor y de unas relaciones sexuales satisfactorias, que aparecen en segundo y tercer lugar respectivamente. Pero esa educación en el respeto exige que se hagan visibles modelos sociales no sexistas para que los jóvenes no identifiquen los roles tradicionales masculinos y femeninos con la identidad biológica.

La información no es el problema: la mayoría de adolescentes sabe dónde acudir para poner una denuncia, ha oído hablar del 016 o de la Ley integral contra la violencia de género y más de la mitad ha hablado en clase del tema con sus profesores. El combate contra el maltrato entre adolescentes pasa, sobre todo, por que las víctimas se alerten y reaccionen ante los primeros síntomas de esos comportamientos, así como por pedir la ayuda necesaria en su ámbito familiar o escolar para salir de una relación nociva. Ello no será posible si no se combaten simultáneamente los estereotipos sociales. Y eso es tarea de toda la sociedad.