Por Abraham Canales

Sindicatos de todo el mundo han participado en una reunión histórica convocada por el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, que dirige el cardenal Peter Turkson. Durante los días 22 y 23 de noviembre se celebró el Encuentro internacional de Organizaciones Sindicales en el Vaticano con el lema «De Populorum progressio a Laudato si’». El Vaticano ha vuelto a poner el foco en el trabajo humano y en la dignidad de la persona.

No es habitual la acogida de tantos sindicalistas, alrededor de 300, llegados de 40 países diferentes y de todos los continentes. Fueron muchas las intervenciones que agradecieron la convocatoria y lo «inusual» del propio encuentro. Conjuntamente con la OIT, con expertos de las ciencias sociales y católicos comprometidos con mundo del trabajo, se reunieron en Aula Nueva del Sínodo para dialogar sobre lo que la doctrina social de la Iglesia ha dicho y sigue diciendo en torno a la cuestión del trabajo; sobre la historia y la experiencia del mundo obrero y para debatir sobre los retos que plantean el presente y el futuro de las relaciones laborales, para encontrar líneas de actuación compartida.

De hecho, la cuestión central en torno a la que los asistentes han estado dialogando ha sido «¿Por qué el mundo del trabajo sigue siendo la clave del desarrollo en el mundo global?». No en vano, una de las preocupaciones de Francisco es la necesidad de «generar acuerdos que promuevan un desarrollo humano integral, sostenible y solidario».

El vaticano organizó un histórico encuentro con los sindicatos

Representantes de UGT, MMTC, HOAC y CCOO.

El documento preparatorio que el dicasterio envió a los participantes señala las distintas encíclicas (desde Populorum progressio a Laudato si’) que ponen en valor, entre los referentes del movimiento sindical, del recorrido histórico y la constante preocupación de la Iglesia en torno al trabajo y el desarrollo humano integral, sostenible y solidario. Francisco continúa en la línea de «descubrir un nuevo diálogo sobre el modo como estamos construyendo el futuro de nuestro planeta» incorporando las dimensiones ambiental, económica, social, cultural y religiosa. Esta vez rescatando el valor del trabajo, dado que «es una prioridad humana. Por lo tanto, es una prioridad cristiana», como manifestó recientemente en su asamblea en la fábrica de Ilva.

Desde ese diálogo prioritario se ha querido dar respuesta las problemáticas y desafíos del trabajo que, para la Iglesia, «sigue siendo la clave del desarrollo en el mundo global». Una constante irrenunciable en estos cuatro intensos años de pontificado, tal y como recoge de manera explícita Laudato sí’ (LS): situar el valor del trabajo como indispensable, irrenunciable e irremplazable para cubrir las necesidades de las personas y alcanzar una vida digna, una vida buena. (LS 127:129). Francisco es particularmente insistente en la importancia del trabajo digno en la lucha contra la pobreza, una de las principales preocupaciones de su pontificado, expresado en su frase «¡Ah, cómo quisiera una Iglesia pobre y para los pobres!» y priorizando la atención evangélica en las periferias, entre quienes sufren «la cultura del descarte» .

El trabajo decente ha estado muy presente en sus recientes visitas pastorales; lo ha sido ante diversas instituciones y organizaciones o en sus distintos mensajes. Lo ha sido, durante tres años consecutivos, mediante el diálogo mantenido en los tres encuentros mundiales de movimientos populares, «un signo de esperanza» –según sus propias palabras– para millones de trabajadoras y trabajadores «descartados» que luchan por «los derechos sagrados al Techo, al Trabajo y a la Tierra».

Además de la asistencia al máximo nivel de los principales dirigentes de la Confederación Sindical Internacional o de la Confederación Europea de Sindicatos. La Organización Internacional del Trabajo, inmersa en un diálogo global en torno a la Iniciativa sobre el futuro del trabajo como respuesta a los desafíos en favor de la justicia social, participó a través de su director general, Guy Ryder. Asimismo han acudido representantes del sindicalismo del país. Cristina Faciaben, de CCOO, ha confesado que no dudó «ni un momento» en recoger el guante lanzado por el Vaticano al ser una «oportunidad de que dos instituciones como la Iglesia y los sindicatos puedan coincidir» y compartir aspiraciones «en relación al trabajo y su centralidad» y «la idea de sociedad inclusiva que no deje a nadie fuera del progreso». «Son diversas las coincidencias y este puede ser el momento para ponerlas en común y buscar estrategias conjuntas para conseguirlas», añade el sindicalista Jesús Gallego, de UGT, puesto que se enmarca en un diálogo global y fundamental sobre el futuro del trabajo». Igualmente, han estado presentes la CGIL italiana, la CUT brasileña, las argentinas CGT y CTEP, organización que organiza a los trabajadores de la economía popular, por citar algunos ejemplos.

Hay que destacar también la presencia de organizaciones cristianas dedicadas al mundo del trabajo, como el Movimiento Mundial de Trabajadores Cristianos (MMTC) -internacional a la que pertenece la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC)- representado por su copresidenta, Fátima Almeida y la Coordinadora Internacional de la Juventud Obrera Cristiana, así como el obispo responsable de la Pastoral Obrera, monseñor Antonio Algora, emérito de Ciudad Real y el consiliario general de la HOAC, Fernando Díaz Abajo.

Precisamente el obispo responsable de la Pastoral Obrera, Antonio Algora opina que «el papa va abriendo posibilidades de diálogo y de crecimiento en nuestra sociedad para que redunde en favor de los que más pueden estar necesitando un cambio de circunstancias que permitan a personas, que contamos por millones, poder acceder al trabajo y vivir dignamente con su actividad laboral». Por su parte, el consiliario general de la HOAC, Díaz Abajo, insiste en que «tender puentes, como suele proponer el papa, significa construir visiones y comprensiones compartidas, que puedan abrir caminos de diálogo, encuentro y trabajo común, hacia el reconocimiento práctico de la dignidad humana y la plena humanización de la vida».

Si hay una cuestión trascendental que puede cambiar la organización social por completo y hasta las nociones compartidas de lo que se entiende por persona, es el trabajo. De ahí que Díaz Abajo, señale que «es necesario tomar conciencia de que lo que ocurre con el trabajo humano hoy es la punta de lanza del modelo antropológico, social y cultural que se está construyendo, en el que la persona queda reducida a un ‘recurso’, consumidor y productor». Por eso, ha añadido, «todo paso en la dirección de rehumanizar el trabajo ayuda a avanzar en la dirección de devolver humanidad perdida a nuestro mundo». «Los sindicatos son necesarios para esto», señala Díaz Abajo, aunque también cree que es importante que las organizaciones sindicales acojan orientaciones de la DSI que pueden ayudarles a configurar una nueva manera de actuar. «El trabajo está cambiando de rostro y necesitamos construir respuestas compartidas que hoy están por pensar, por imaginar, por vivir», ha manifestado Díaz.

El mismo Francisco, que se hizo presente mediante un mensaje entregado al cardenal Tuckson al serle imposible hacerlo en persona, debido a las complicaciones derivadas del su viaje a Myanmar, recordó que dado que «la persona florece en el trabajo», la DSI ha enfatizado, en repetidas ocasiones, que esta no es una cuestión entre tantas, sino más bien la «clave esencial» de toda la cuestión social. En efecto, el trabajo «condiciona no solo el desarrollo económico, sino también el cultural y moral de las personas, de la familia, de la sociedad».

En su Mensaje, Bergoglio se remonta a la tradición cristiana para dejar claro que el trabajo es «más que una simple labor; es, sobre todo, una misión. Colaboramos con la obra creadora de Dios cuando, por medio de nuestro obrar, cultivamos y custodiamos la creación; participamos, en el Espíritu de Jesús, de su misión redentora cuando mediante nuestra actividad alimentamos a nuestras familias y atendemos las necesidades de nuestro prójimo». Jesús, quien «dedicó la mayor parte de su vida terrena a la actividad manual junto al banco del carpintero» y consagró su ministerio público a liberar a personas de enfermedades, sufrimientos y de la muerte misma, nos invita a seguir sus pasos a través del trabajo. De este modo, «cada trabajador es la mano de Cristo que continúa creando y haciendo el bien».

El obispo de Roma quiso también compartir la repercusión social del propio trabajo que, a buen seguro, conectaba mejor con la tradición sindical al afirmar que «el trabajo, además de ser esencial para el florecimiento de la persona, es también la clave para el desarrollo social». «Trabajar con otros y para otros» y el fruto de este «es ocasión de intercambio, de relaciones, y de encuentro». Cada día, millones de personas cooperan al desarrollo a través de sus actividades manuales o intelectuales, en grandes urbes o en zonas rurales, con tareas sofisticadas o sencillas. Todas son expresión de un amor concreto para la promoción del bien común, de un amor civil.

Citando a Pablo VI, quiso poner la cuestión del trabajo en sus adecuados términos, «no hay que exagerar la mística del trabajo», para continuar diciendo que «la persona «no es solo trabajo»; hay otras necesidades humanas que necesitamos cultivar y atender, como la familia, las amistades y el descanso. Es importante, pues, recordar que cualquier tarea debe estar al servicio de la persona y no la persona al servicio de esta, lo cual implica que debemos cuestionar las estructuras que dañan o explotan a personas, familias, sociedades o a nuestra madre tierra.

La reunión de los sindicatos en la santa sede

Una de las jornadas en el encuentro vaticano.

Si quedaban dudas sobre la convicción del papa de introducir en la agenda mundial un giro radical, quedaron despejadas cuando sostuvo que «cuando el modelo de desarrollo económico se basa solamente en el aspecto material de la persona, o cuando beneficia sólo a algunos, o cuando daña el medio ambiente, genera un clamor, tanto de los pobres como de la tierra, que nos reclama otro rumbo. Este rumbo, para ser sostenible, necesita colocar en el centro del desarrollo a la persona y al trabajo, pero integrando la problemática laboral con la ambiental. Todo está interconectado y debemos responder de modo integral». Tras esto aprovechó para recuperar su programa de acción social: «Una contribución válida a dicha respuesta integral por parte de los trabajadores es mostrar al mundo lo que ustedes bien conocen: la conexión entre las tres ‘T’: tierra, techo y trabajo. No queremos un sistema de desarrollo económico que fomente gente desempleada, ni sin techo, ni desterrada. Los frutos de la tierra y del trabajo son para todos  y «deben llegar a todos de forma justa». Para resaltar «otra triple conexión, un segundo juego de tres «T»: esta vez entre trabajo, tiempo y tecnología. En cuanto al tiempo, sabemos que la “continua aceleración de los cambios” y la “intensificación de ritmos de vida y de trabajo”, que algunos llaman “rapidación”, no colaboran con el desarrollo sostenible ni con la calidad del mismo. También sabemos que la tecnología, de la cual recibimos tantos beneficios y oportunidades, puede obstaculizar el desarrollo sostenible cuando está asociada a un paradigma de poder, dominio y manipulación».

Completó la visión clásica del pensamiento social cristiano sobre el trabajo aludiendo a la cuestión ambiental, de la que ya se ocupó en Laudato si’: «La promoción y defensa de tales derechos no puede realizarse a costa de la tierra y de las generaciones futuras. La interdependencia entre lo laboral y lo ambiental nos obliga a replantearnos la clase de tareas que queremos promover en el futuro y las que necesitan reemplazarse o relocalizarse, como pueden ser, a modo de ejemplo, las actividades de la industria de combustibles fósiles contaminantes. Es imperiosa una transferencia de la industria energética actual a una más renovable para cuidar nuestra madre tierra. Pero es injusto que dicha transferencia sea pagada con el trabajo y el techo de los más necesitados».

De nuevo apeló a la urgencia de promover nuevos consensos («necesitamos de un diálogo sincero y profundo para redefinir la idea del trabajo y el rumbo del desarrollo»), pero también a la conveniencia de organizar la voluntad real de los trabajadores sin miedo a las dificultades: «No podemos ser ingenuos y pensar que el diálogo se dará naturalmente y sin conflictos. Hacen falta agentes que trabajen sin cesar para generar procesos de diálogo en todos los niveles: a nivel de la empresa, del sindicato, del movimiento; a nivel barrial, de ciudad, regional, nacional y global. En este diálogo sobre el desarrollo, todas las voces y visiones son necesarias, pero en especial aquellas voces menos escuchadas, las de las periferias».

No se quedó ahí, sino que con su habitual empatía ofreció a las organizaciones sindicales algunas claves para renovar su función en los tiempos actuales sin traicionar sus propios valores. «Los sindicatos y movimientos de trabajadores por vocación deben ser expertos en solidaridad», empezó diciéndoles para, a renglón seguido, identificar tres peligros: el individualismo corporativista de defender solo el interés de los asociados; el cáncer de la corrupción y el olvido de su papel como educador de conciencias en solidaridad respeto y cuidado».

Todas las intervenciones de los líderes sindicales, reconocieron que «la Iglesia es aliada de las organizaciones sindicales en la recuperación del valor del trabajo digno y de la centralidad de la persona». Las coincidencias se recogen en la Declaración final consensuada, que expresa importantes líneas de actuación conjuntas. Esta síntesis, es prueba del buen entendimiento. Si, por una parte, se puede leer que «las organizaciones sindicales tienen un papel de liderazgo en la construcción de nuevos modelos de desarrollo ambiental, económico, social e integral y en la promoción de nuevas vías de trabajo», por otra parte se declara que «los sindicatos reconocen el papel del diálogo interreligioso como clave para promover la inclusión, la solidaridad y la justicia social».

La agenda conjunta pasa por promover una «transición justa» ante la Cuarta Revolución Industrial que incluya «la educación y el aprendizaje a lo largo de toda la vida y la profundización de la democracia en la empresa», reclamando a empresarios y a  gobiernos que aseguren trabajo decente. Las reivindicaciones sindicales y eclesiales apelan a la responsabilidad de las empresas, que «deben estar totalmente comprometidas en la creación de una verdadera economía social de mercado, con el imperativo de reorientar el propósito moral hacia el respeto de los derecho humanos y de los trabajadores, la plena implementación de los estándares de la OIT y para servir al desarrollo y una cohesión más fuerte de las comunidades».

Para combatir lo que los reunidos llamaban «los niveles históricos de desigualdad producidos por la codicia de las empresas (…) defienden una campaña global de las organizaciones sindicales sobre los salarios para asegurar que ningún trabajador es pagado por debajo del sueldo mínimo vital que asegure que la gente pueda vivir con dignidad. Es esencial que los empleadores respeten el derecho a la negociación colectiva y que reestablezcan un correcto equilibrio entre el tiempo de trabajo y el tiempo de familia, incluyendo los beneficios de un día libre compartido».

La Declaración reclama «avanzar hacia otro paradigma ético que sobrepase el tecnocrático dominante (económico, financiero y tecnológico), que permita un desarrollo basado en los derechos, integral, inclusivo y sostenible, construido sobre la realidad de cada país y región y sitúe en su centro el trabajo y los sindicatos de los trabajadores, como una piedra angular para una sociedad igual y justa. Esto supone el respeto incondicional por el trabajo decente, estructurando la identidad personal y colectiva en un modelo de desarrollo que combine el crecimiento sostenible y la justicia social».

También hacen suya la agenda del desarrollo sostenible y los acuerdos firmados por los gobiernos con la Agenda 2030. Concluyen un llamamiento a empleadores y gobiernos, entre otros actores políticos, para asumir «los desafíos y las oportunidades y actuar en solidaridad para un desarrollo integral, inclusivo y sostenible. Con “trabajo, tierra y casa para todos”». Es ahora el tiempo de articular un desarrollo de estos compromisos en los diversos ámbitos y las distintas latitudes. Bergoglio y los sindicatos renuevan un nuevo primerear para globalizar la solidaridad.