“Perder el tiempo es ganar la vida”, decía en estas páginas hace un año Teresa Guardans, experta en interioridad. Nos invitaba con esa frase a establecer una relación diferente con nuestro tiempo subjetivo, en la que lo aparentemente inútil también tenga su espacio: no se trata de ser vagos, sino de organizar nuestras horas en clave de gratuidad y no solo de eficacia.

Al comenzar este 2017 vale la pena que nos paremos unos instantes a reflexionar sobre cómo discurre nuestro tiempo, cómo lo organizamos, cómo lo percibimos y si estamos o no satisfechos con ello.

¿Sabéis que el universo tiene 13.700 millones de años? ¿Y que el tiempo de nuestra vida es apenas una gota en ese espacio extenso? Pero es “nuestra gota” de vida.  Somos seres espacio-temporales, que vivimos en un tiempo y un lugar. Y poco nos preocupa que el concepto de tiempo haya evolucionado desde una idea del tiempo como algo lineal y absoluto -según la física clásica- a un concepto del tiempo subjetivo, relativo al sujeto -a partir de la teoría de la relatividad. Para cada uno de nosotros, nuestra gota de vida es única y maravillosa y queremos vivirla en plenitud. Sabemos que el Padre quiere que cada uno de nosotros tengamos vida y vida abundante. Solo nos queda preguntarnos, en este comienzo de año, cómo hacerlo mejor.

Lo que hacemos… cada diez minutos

Hay un ejercicio sumamente interesante a realizar en este comienzo de año, que es una propuesta de algunos psicólogos y entrenadores personales. Se trata de dedicar un rato largo a apuntar las actividades que hemos realizado durante la última semana, divididas en periodos de diez o quince minutos. Hagámoslo detalladamente, día tras día, incluyendo el tiempo de transporte, los tiempos muertos, el dedicado a ver TV, a hablar por teléfono con familia y amigos, etc. Podemos hacerlo dedicando un rato diario a ello o empleando un tiempo más largo al final de la semana. Sea cual sea el método escogido, al final, revisemos lo escrito y agrupemos el tiempo dedicado a cada actividad diariamente y, luego, semanalmente. Les aseguro que habrá bastantes sorpresas. Porque, con frecuencia, la dedicación real de nuestro tiempo a las diferentes tareas, actividades o descanso no se corresponde con la percepción subjetiva que tenemos de ello. Es un buen comienzo el hacernos conscientes de cuál es nuestro empleo real del tiempo. Previo a cualquier propósito de cambio, lucidez sobre lo que hacemos.

Por qué hacemos las cosas

Una vez que sabemos qué tiempo empleamos en lo que hacemos, podemos preguntarnos por qué lo hacemos. Hay tareas que nos vienen dadas, sin duda. Pero otras muchas pueblan nuestra vida porque nosotros lo hemos decidido. ¿Por qué las hemos asumido? ¿Lo hemos hecho respondiendo a nuestros deseos profundos desde una decisión libre y meditada o lo hemos hecho atendiendo a demandas externas, a lo que “se supone” que debo hacer o a lo que creemos que se espera de nosotros?

[quote_right]Con frecuencia, la dedicación real de nuestro tiempo a las diferentes tareas, actividades o descanso no se corresponde con la percepción subjetiva que tenemos de ello[/quote_right]

Preguntémonos si estamos siendo lo que queremos ser, si nuestro trabajo y ocupaciones se dirigen en la dirección en que hemos decidido orientar nuestra vida. La satisfacción profunda por nuestra tarea bebe de la coherencia de cada pequeña acción con el propósito de nuestra vida, con la realización de nuestra vocación humana esencial. En la medida de lo posible, hagamos las cosas porque nos satisfacen –en ese sentido profundo- y no porque creamos que van a satisfacer a otros. No es ésta una llamada al egoísmo sino a la coherencia, ya que lo que no se arraiga en lo profundo de nosotros es fácil que se lo lleve el primer soplo de dificultad o que se convierta en fuente de frustración.

Lo urgente y lo importante

el uso del tiempo y su control una de las realidades a las que tenemos que prestar más atención.

Ilustración Pepe Montalvá

Saber por qué hacemos lo que hacemos nos dará mayor lucidez para distinguir entre lo urgente y lo importante. Es fácil darse cuenta de que, muchas veces, al terminar una larga lista de tareas no sentimos satisfacción alguna. Por el contrario, hay actividades menores que nos dejan un regusto de plenitud y de felicidad.

Revisemos, por tanto, en este comienzo de año qué es lo urgente y qué es lo importante para nosotros, para que progresivamente lo importante vaya siendo lo urgente. Si no lo hacemos así, es fácil que pongamos la etiqueta de urgente a todo lo que nos llega, sin más, de modo que muchas cosas importantes –la amistad, el tiempo de descanso, la capacidad de contemplación, la oración, las aficiones que nos proporcionan satisfacción profunda…- quedarán en la cuneta.

Estirar el tiempo

Dicen  que para los niños el tiempo pasa lentamente porque su mente está abierta y procesa continuamente lo que percibe como una novedad. En cambio, la gente mayor tiene una percepción cada vez más acelerada del tiempo: “los años pasan volando” es frase de consenso. ¡Cuidado! Si la decimos con frecuencia tal vez hemos caído en la rutina, porque la rutina acelera el tiempo. Por tanto, desacelerar el tiempo implica vivirlo como novedad, con capacidad de descubrir lo nuevo que se nos presenta, con iniciativa para incorporar nuevas experiencias.

En la misma línea, podemos decir que la contemplación desacelera el tiempo: no es lo mismo caminar a nuestro trabajo como rutina, con la mente puesta en otra cosa, que hacerlo atentos a lo que nos rodea, a lo que percibimos y observamos con curiosidad, hasta amorosamente. Contemplar la vida. Y meditar. También la meditación es una práctica que desacelera el tiempo porque nos sitúa en el presente intensamente: da igual que ese meditar sea según un método concreto y en silencio o la simple atención intensa a lo que hacemos: pasear, cocinar o comernos una naranja.

Propósitos, sí pero desde lo positivo

Cuando no hacemos algo y nos lo llevamos proponiendo desde hace tiempo ¿no será que no queremos hacerlo, en el fondo, o que no es el momento para ello? Mejor descargar nuestra lista de asuntos pendientes de viejos propósitos caducados. No se trata de perder la ilusión por incorporar la novedad a nuestra vida, pero sí de revisar si esos propósitos no cumplidos tal vez no nos importaban tanto o eran, sencillamente, imposibles. Proponerse objetivos fuera de nuestro alcance y poco meditados genera frustración. Revisemos nuestra lista para actualizarla y descargarla.

[quote_right]Desacelerar el tiempo implica vivirlo como novedad, con capacidad de descubrir lo nuevo que se nos presenta, con iniciativa para incorporar nuevas experiencias[/quote_right]

Complementariamente, hagamos una lectura positiva de todo lo que tenemos. Se trata también de apreciar los logros conseguidos, desde lo pequeño a lo grande. Porque nuestro juicio influye en nuestras emociones, de modo que valorar nuestros éxitos mejora nuestra autoestima y nuestro bienestar. Hacer esa lectura positiva a diario refuerza el músculo de la confianza en uno mismo. Nos da una percepción de todo nuestro potencial, de toda nuestra capacidad de orientarnos a nuestros propósitos desde lo que ya somos y hemos alcanzado.

Revisar el uso de nuestro tiempo no es un propósito meramente egoísta  sino una manera de aproximarnos a una lectura creyente de la realidad: los cristianos sabemos y vivimos que Dios está presente en el mundo, en nosotros, los que nos rodean, en nuestra pequeña historia. Y continuamente nos entrenamos en afinar nuestra mirada para poder descubrirlo y proclamarlo.