Viene siendo ya tradición y costumbre en esta columna saludar al año entrante con deseos de año nuevo y recordatorio de efemérides y celebraciones venideras. No os oculto que es una de las escaleras más fáciles y agradecidas de escribir: no hay que pensarla mucho, hay cantidad de información en internet y es fácil acertar con el tema y el tono de ella. Así que, para no pecar de deslealtad con quienes me leéis ni conmigo mismo, en este primer mes del que será mi decimosexto año (¡uf!) como escritor en alandar allá va mi saludo al 2017.

Para empezar, una sencilla operación aritmética nos hace conscientes de que en 2017 se cumplen cien años de la Revolución de Octubre, aquella que en puertas de las nieves y los fríos echó a los zares de Rusia y otorgó al grito de Paz, pan y tierra el poder a un pueblo oprimido, cansado de una guerra, llamada Gran Guerra, a la que aún le quedaría un año de combates y muertes y cansado de una crisis económica que pagaban los más pobres a costa del enriquecimiento de unos pocos. El asalto al Palacio de Invierno fue el inicio de cien años que se prometían prósperos, igualitarios, basados en el bien colectivo y que, sin embargo, pronto se convirtieron en inhóspitos, cruentos y creadores de una desigualdad y una persecución del disidente brutales. El sueño marxista de “a cada uno según sus necesidades, de cada uno según sus capacidades” fue tan solo eso, un sueño del que pronto se despertó. El sueño de todo el poder para los sóviets como expresión de una democracia participativa y enraizada en el pueblo tuvo secuelas (kibbutz en Israel) pero también fueron pronto abandonados por el gobierno de una gerontocracia privilegiada. Vino la Segunda Guerra, vinieron los años de la Guerra Fría y más tarde la caída del muro, la Perestroika y la desmembración de la URSS… y finalmente (tristemente, diría yo) el rápido crecimiento de desigualdades, consumos desaforados y, en fin, la constatación de que hoy en día, en Rusia, el capitalismo más salvaje campa a sus anchas. Celebraremos, pues, en 2017 cien años de una revolución que no supo, no pudo ser revolucionaria.

Por otra parte, 2017 ha sido declarado por la ONU el Año del Turismo Sostenible para el Desarrollo y eso nos llama reflexionar sobre los viajes que hagamos y su relación con la creación de riqueza y/o desigualdad. ¿A quién beneficia nuestra visita? ¿Quién es el último receptor del dinero que nos gastamos en nuestros viajes? ¿Favorecemos el comercio local, el producto autóctono? También nos interpela sobre la huella medioambiental de nuestros desplazamientos, sobre el daño que hacemos al planeta según el modo y manera de viajar. Y, por último, nos debe hacer pensar sobre la relación que tenemos con el destino elegido y sus habitantes, en la toma de fotos, en el respeto con que nos acerquemos a sus tradiciones y valores culturales, a su realidad, en la manera que tengamos de pasar por sus vidas. Prometo escribir al respecto en la pre-veraniega escalera del mes de junio.

Dos últimas notas: en 2017 se cumplen 200 años de la creación de los hermanos maristas y cien años desde que se apareció la Virgen en Fátima a unos pastorcillos. Sobre la primera, nada más que felicitarles y animarles a seguir en su labor educativa y social. Sobre la segunda… bueno, no quiero meterme en líos y barullos de carácter teológico o dogmático, que no son mi tema, pero no me siento especialmente llamado a celebrarlo y nunca he creído en apariciones de este tipo. Mucho menos cuando esa aparición se rodeó de un halo de secretismo y de conversión de una Rusia soviética que, por aquel entonces, no hacía sino nacer, derrocando al zar tirano y aprovechado y tratando de devolver al pueblo un protagonismo y una riqueza que, de alguna forma, les pertenecía y que todavía no había mostrado su cruel y cruda realidad.

¡Feliz 2017!