Volvíamos de vacaciones y nos contábamos unos a otros los compañeros de trabajo cómo nos habían ido. Que si mucho turrón, que si la familia, que si los regalos….Tiempo de descanso y de desconexión. Una de mis compañeras comenta que había conseguido descansar y sobre todo dormir. Ella no es de madrugar. Tiene un hijo de 8 años (como uno de los míos) que sí madruga, pero ha aprendido a hacerse el desayuno solito, ponerlo en una bandeja, llevárselo al salón, encender la TV, encender la tablet o darle al on de la Playstation y no dar la lata en las 3 horas que median entre su despertar y el de la madre. ¡Un lujo! (dice ella) ¿Una pena? (digo yo). Y me atrevo a decir más:, una irresponsabilidad ¿Qué estará viendo ese niño? ¿Cuántas horas más se pasa frente a una pantalla al cabo del día? La cosa puede ser más grave si (desconozco los detalles) la recién levantada y soñolienta madre acude luego al salón, besa a su hijo, recoge los restos del desayuno y se va a hacer sus quehaceres mientras el niño continúa con su partida.

Encuentro una estadística interesante en la web. El 72% de las personas no apagamos el smartphone mientras dormimos e incluso lo tenemos en la mesilla y es lo primero que miramos al despertar. El 80% no nos despegamos de él mientras comemos (ya veo ya vuestras sonrisas recordando al cuñado en la cena de Nochebuena). Un 33% hemos sustituido el socorrido periódico/libro por un dispositivo móvil (teléfono, tableta) mientras vamos al WC. Un 75% nos resistimos a apagar el teléfono mientras tenemos sexo. Más cosas sorprendentes: hay páginas en Internet que te aconsejan como dejar a tu pareja por el móvil y qué frases debes usar en los mensajes de texto. Hay aplicaciones, por el contrario, que programan y envían en tu nombre y por tu móvil mensajes de amor y cariño para que parezca que te acuerdas del otro/a mientras tu mente y tu atención están realmente en otros menesteres…

Viene esto a cuento por las discusiones que hemos tenido estas navidades los cuatro de familia sobre el tiempo dedicado a jugar con dispositivos móviles y sobre todo el cuándo. De siempre en casa tenemos la norma de pantallas, por la mañana no. Esa es inamovible. Del resto todo es negociable, pero en principio tenemos limitado el uso de pantallas, sean cuales sean, a una hora y media al día y a partir delas 7 de la tarde. Ellos eligen su distribución (tanto para videojuego, tanto para la tablet, tanto para la TV). Otras reglas son que no hay que dejar de hacer otras cosas por mor del uso de ellas, por ejemplo un juego de mesa en familia, aunque den las 7, se continúa y se acaba, y que, por supuesto la obligación es antes de la devoción así que la ducha vespertina debe durar el tiempo adecuado a lo que una higiene normal estipula (no vale lavarse como los gatos para tener más tiempo de pantalla); la ropa debe ser recogida, la mesa para la cena puesta si es que te toca ponerla. Luego hay atenuantes claro está: por ejemplo si el uso de la pantalla es educativo (leer, o juegos de multiplicar…) hay bonificaciones en su uso. Y también hay picaresca: mis hijos prefieren ir a casa de sus amigos antes que ellos vengan a las nuestras ¿por qué será? Y una última cosa: también debe haber coherencia: no puedo limitar el uso de un aparato del que yo soy esclavo. Claro está que mi mujer y yo somos adultos, se nos supone el sentido común y un uso responsable de la tecnología, y que las restricciones horarias no rigen de la misma manera para nosotros. ¡Pero no puedo cenar con el móvil en la mesa!

Se lo cuento todo esto a mi compañera. Me felicita, me mira con admiración y me dice que sí que todo esto está muy bien, pero que las vacaciones son para descansar.

@revolucionde7a9