Cuando escribo esta columna llevamos ya siete días de la era post-Obama: por ahora me vais a permitir que, aún en estado de shock, no escriba el nombre de su sucesor. Las elecciones en EEUU han provocado manifestaciones en las calles como si de un país de esos tercermundistas, como si de una vulgar república bananera ser tratara. Reacciones airadas en los medios, ríos de tinta. Esta mañana me he levantado con la noticia de que la UE ha convocado una cumbre urgente de ministros para evaluar el impacto del resultado apenas 15 días después… ¡Ya me gustaría a mí que la convocaran con tanta celeridad cuando otros temas nos interpelan (véase el de las personas que cruzan –y se mueren- en el Mediterráneo en busca de refugio y asilo)! El caso es que en EEUU en un par de meses tendrán nuevo presidente y nuevo equipo que va a gestionar el país y, por ende, influir en gran número de políticas y acuerdos, de economías y decisiones, que se toman en otras partes del mundo. Y eso asusta porque el nuevo no es precisamente un adalid del statu quo, no es precisamente un hombre del stablishment con el que se sepa a qué carta quedarse. No, el nuevo es una persona impredecible en algunas cosas, impetuoso y algo (o un mucho) broncas que encarna todo aquello que durante estos 15 años que llevo escribiendo columnas en alandar he querido combatir y denunciar en ellas: mujeriego irrespetuoso y machista; xenófobo, agresivo y partidario de la mano dura y la violencia y el uso de las armas; capitalista acérrimo que parece que puede pasar sin el sueldo de presidente debido a sus muchos, muchísimos millones ganados con explotación y a costa del sudor, las lágrimas y la sangre de muchas personas… Bueno, todas no. Hay al menos una que no. El nuevo –sigo sin poder pronunciar su nombre- es claramente proteccionista en su política económica.

En las relaciones económicas internacionales es bien sabido que sólo se puede ser dos cosas: liberal o proteccionista. Liberal apuesta por el mercado como regulador de las relaciones, la ley de la oferta y la demanda internacionales como únicas reglas, la no imposición de barreras arancelarias a productos y servicios y, en definitiva, contempla el mundo como un inmenso centro comercial en el cual operar sin trabas. Los proteccionistas, por su lado, defienden la intervención de los poderes públicos para proteger lo más débil, aunque cuando se habla de proteger al débil nadie en general lo entienda como tú y yo lo entendemos sino que se habla habitualmente de proteger con aranceles y subvenciones industrias nacionales estratégicas para el país pero poco competitivas. Solo unos pocos, activistas de lo utópico, han defendido el proteccionismo como una buena práctica que defendía al planeta y sus recursos, a las personas que lo habitan y su derecho a salarios y remuneraciones dignas: ecologistas y altermundistas han gritado, marchado y luchado en contra de acuerdos liberalizadores y que acababan con la dignidad y la felicidad de las personas. El mundo que conocemos desde la caída del muro e, incluso, desde antes, desde la caída del patrón oro y los acuerdos de Bretton Woods posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial, ha apostado por el liberalismo como modelo y ha ido construyéndose y dotándose de armas y acuerdos: mercados comunes, zonas de libre comercio, acuerdos transnacionales como el Zeta o el TTIP…Todos los del G-20 y adláteres estaban en ello. Y ahora va el nuevo, el que va a ostentar el poder de una de las mayores potencias económicas y políticas del mundo y va y dice que a él eso del TTIP no le va. ¿Un pequeño y tímido rayo de sol entre las horrorosas y más que grises nubes?