El 26 de septiembre un nutrido grupo de personas, principalmente mujeres, nos dimos cita en la Plaza del Corregidor Sancho de Córdoba para después ir caminando hacia la Plaza del Corregidor Licenciado Antonio de Mena. Convocadas por  la Mesa de Feminismos del Foro Local de Moratalaz, un importante barrio de Madrid, esa soleada mañana de sábado fue una verdadera fiesta en la que las mujeres tomamos la calle. Y lo hicimos en el amplio sentido de la palabra: primero porque el tráfico se cortó para que recorriéramos la distancia que hay entra una plaza y otra en un divertido pasacalles, amenizado en su comienzo por el Coro de Entredos y más tarde por una charanga muy marchosa de Vallecas. Pero sobre todo tomamos la calle porque cuando abandonamos la Plaza del Corregidor Sancho de Córdoba quedó, provisionalmente, nombrada como Plaza de las Maestras de la República y porque cuando finalizamos nuestro recorrido en la Plaza del Corregidor Licenciado Antonio de Mena esta había pasado a llamarse Plaza de las Sinsombrero.

Las mujers toman la calleSolo el 6% de las calles madrileñas tienen nombre de mujer y la mayoría de ellas pertenecen a vírgenes,  santas y religiosas. Esto no es nada más que uno de los hechos que invisibilizan la vida y la historia de las mujeres.

Si hablamos de Pedro Salinas, Ramón Gómez de la Serna, Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso o Gerardo Diego enseguida, quien nos escuche, sabrá que estamos hablando de la Generación del 27. Sin embargo, no está tan claro que podamos identificarlas tan rápidamente si nombramos a  Maruja MalloMaría Zambrano, María Teresa LeónRosa ChacelErnestina de Champourcín, todas ellas, entre otras, intelectuales y escritoras de la generación del 27.  Madrid fue la capital donde la mayoría de ellas vivieron y donde hicieron el acto de rebeldía de quitarse el sombrero en público, un acto transgresor que  “pretendía romper la norma y, metafóricamente, en ausencia de la pieza que tapa la cabeza, liberar las ideas y las inquietudes”.

Para quienes creemos que la educación es un derecho de todas las personas y un elemento de igualdad y cambio social, no tenemos más remedio que valorar y aplaudir la vida y el esfuerzo de las maestras de la República, que hicieron de su vida una misión para llevar a los rincones más remotos del país la educación y la cultura. “Participaron en las Misiones pedagógicas, ocuparon puestos de dirección en los colegios y formaron parte de organizaciones sindicales, políticas y asociaciones feministas y ciudadanas. Porque creían en la igualdad derribaron los muros que separaban a los alumnos y alumnas, proponiendo prácticas de relación que les permitiera compartir intereses y conocimientos. Una coeducación que les posibilitaría aprender a compartir la vida en igualdad”.

Dos grupos de mujeres que tienen bien merecido este reconocimiento público, como muchas otras que aún no lo han recibido y por el que vamos a trabajar para que se reconozcan sus vidas y su aportación a esta sociedad en la que más del 52% de la población somos mujeres y hemos tomado y tomamos parte activa en la construcción social. Por esto reclamos también nuestro lugar en las calles.