El color gris domina las primeras luces del día. Una espesa capa de nubes, resultado de la contaminación, oculta el color azul del cielo. El día gris es una premonición de la oscuridad en la que, actualmente, muchas personas nos sentimos envueltas y me da pie a preguntar qué está pasando aquí, allá y más allá. ¿Qué corriente fatídica inunda nuestras mentes y nos convierte en personas ensimismadas, navegando sin rumbo por el maremágnum informativo? Buscamos ansiosamente información para explicarnos lo que acontece y, de este modo, configurar nuestra propia opinión.

Inmersos en un otoño veraniego contemplamos dos escenarios. Uno se encuentra repleto de actores insensatos que actúan sin hilo conductor, de forma esperpéntica y envueltos en un griterío ensordecedor. El resultado de su actuación es incoherente. En el segundo escenario aparece una inmensa multitud de personas cuyas voces quedan apagadas porque el griterío dominante las silencia. No se trata de la denominada “mayoría silenciosa”, sino de la mayoría silenciada.

En ambos escenarios son frecuentes las posiciones extremistas de sus actores, en consecuencia, resulta difícil establecer cauces de diálogo, tan necesarios siempre. Y por si todo esto no fuera suficiente, se tergiversa el lenguaje y los mensajes se confunden. Vivimos en un ambiente hostil en el que las palabras se han vaciado de contenido. Como apunta la catedrática de Ciencia Política de la UAM y columnista de El País, Máriam M. Bascuñán, “La conversación pública pierde sus sustancia y es pura demagogia; ya no ofrece claves para que los ciudadanos exploren la realidad y formen juicios; no crea vínculos, solo los destroza”(El País, 7-10-2017). Además, la información, la comunicación y la opinión han caído en las redes de la confusión.

Hoy resulta difícil, casi improbable, establecer el diálogo entre unos y otros, entre nosotros y ellos. Hoy seguimos asistiendo al enfrentamiento de los eternos y permanentes bandos, los denominados buenos y los llamados malos, en definitiva, los mismos calificativos de los unos y de los otros desde el principio de la humanidad. Y así seguimos sin intentar establecer cauces de diálogo basados en el respeto a la otra persona. Vociferamos ayer, hoy y lo haremos mañana. Reiteramos las conductas que reprochamos a generaciones anteriores a la nuestra e incurrimos en los mismos defectos.

Afirma el escritor Antonio Muñoz Molina (Babelia, 7-10-2017) que “Estamos a merced de la estupidez, del fanatismo, de la ceguera, del desbordamiento del odio, de las consecuencias imprevisibles y casi siempre desastrosas de la frivolidad, la tontería, del fervor de las ebriedades colectivas”. En esta confusión colectiva salimos perdiendo, como señala el citado escritor, porque “Lo grave es siempre el daño a las personas concretas, a los más frágiles, a los que están solos o en minoría, los que no tienen la culpa de nada. […] Las cosas no suceden: le suceden a alguien”.

¡Qué fatiga presenciar tanto enfrentamiento que a nada lleva! Somos insignificantes y efímeras partículas de lo que pronto o tarde se convierte en nada. Vivimos tiempos convulsos en los que estamos destrozando la convivencia de varias generaciones sin que nadie se sienta responsable de ello. Y si somos capaces de mirar un poco más allá, nos daremos cuenta de que, cada día, miles de personas se ven violentadas a abandonar sus casas o abocadas a trabajos indignos con salarios que no les permiten cubrir sus necesidades básicas o ven que sus derechos como seres humanos sucumben en el olvido. Aquí, allá y más allá, día a día, se reproduce “el daño a las personas concretas”.