Siempre quise ser misionero. Tuve la fortuna de cumplir mi sueño en el que ha sido el mejor año de mi vida. Fue en los Andes, al norte de Perú. Por mi trabajo sigo muy en contacto con la misión y los misioneros. En esta ocasión he participado en una misa muy especial, a más de 5.000 metros de altitud. Muy cerca del cielo.

Fecha: Sábado, 5 de marzo. Misa del 4º domingo de Cuaresma.

Lugar: Comunidad de Huarachani, a cuatro horas (de curvas y baches) de la misión de Mocomoco (relativamente cerca del lago Titicaca). Bolivia.

Celebración: Llevan esperando desde las 10:00. Llegamos a las 12:30. Los paúles vienen tres veces al año.

Después de cuatro horas dando botes por los caminos de piedra en el altiplano a uno le quedan pocas ganas de fiesta. Fuera luce el sol. Las cumbres de los alrededores tienen nieves perpetuas. Estamos a más de 5.000 metros, en un lugar inhóspito donde no crece nada. La comunidad de Huarachani está en la frontera con Perú, es puro territorio aymara. Los muros de piedra para guardar las llamas son la construcción más destacada. La capilla no se distinguiría de las casas si no fuera por el grupo de personas que rodean una de adobe, la más aislada.

Entramos en la capilla. No hay bancos. El suelo es de paja, las paredes de adobe y el techo –a dos aguas- deja ver las planchas de zinc que hacen de tejado. En vez de retablo, una pequeña cruz vacía, de madera, con un paño blanco de resucitado. Junto a ella, dos almanaques del pueblo aymara. El altar es una mesa pequeña. Debajo, en el suelo, varias botellas con agua, patatas, alimentos y lana de alpaca esperando la bendición.

bolivia-huarachani-misioneroPreside la celebración el norteamericano Aidan Rooney. Antes del saludo inicial recuerda en castellano con acento gringo: “Hoy celebramos la misa por la salud de las alpacas de don Eulogio”. Me sorprendo en un principio, lo comprendo enseguida. Sin alpacas, en el altiplano, la vida dejaría de ser un milagro de supervivencia. No sería. Las guaguas –bebés- están envueltas en telas como pequeñas momias. Sus madres las cargan a la espalda. Entre dos largas trenzas, tocadas con un bombín oscuro que es el contrapunto a las coloridas polleras –faldas. Huele a coca mascada. Picchar esta hoja sagrada es algo mecánico, inconsciente, natural. Como respirar. Apesta.

El coro es todo el pueblo –unas treinta personas-, tocan un tambor y cantan dulce en aymara. Cada uno tiene su librito para seguir la celebración. Suena muy bien, a recogimiento, a alegría, a paciencia y calma. Están orando. Es fácil contagiarse. “Treinta y tres” dice el que dirige los cantos. “No hay Gloria en este tiempo” recuerda el neoyorquino padre Aidan con su inconfundible acento. “Cuarenta y cuatro”, responde el catequista Eulogio. Y cantan de nuevo muy dulce.

Llora un niño sobre el suelo de paja donde todos se sientan después de escuchar el Evangelio del hijo pródigo. Lo ha proclamado en aymara el padre Diego, un madrileño de Carabanchel que vive desde hace doce años en el altiplano. Y predica en castellano. Explica que aquí no hay terneros, y que es como si fueran alpacas. “Como el padre está feliz mata la alpaca más grande y llama a los músicos para la fiesta. Porque Dios es más que bueno”. Y el padre Diego llama a un crío para explicar cómo nos quiere Dios: “El papá le abraza harto y le cubre de besos” y Diego abraza al niño y hace como que le da cientos de besos. Cuando acaba, Flor –del equipo misionero- traduce del castellano al aymara. Y la misa fluye. Todo es lento pero lleno de vida. Real. Ritual. Místico. Como un abrazo de Dios en las alturas.

@santiriesco

Misa en la comunidad de Huarachani (Bolivia) Foto: Santi Riesco