Inicio el nuevo curso con la lectura de un libro que me ha revolucionado “por dentro” y me urge a “revolucionar por fuera”: Trincheras Permanentes. Intersecciones entre política y cuidados. Su autora, Carolina León, investiga desde su lugar de enunciación  como activista y madre sola prácticas de cuidado en la vida ciudadana y política que están haciendo posible la vida en los tiempos tan duros que transitamos, por más  que el gobierno declare con rotundidad  que la crisis ya pasó y que “estamos mejor que nunca”. Por eso inicio el nuevo curso haciéndome algunas preguntas para las que es urgente encontrar  alternativas y no seguir aplazándolas. Preguntas para desordenar el mundo y alumbrarlo más allá de los roles asignados y los mandatos de género, cuestiones que nos desafían a encontrar respuestas que nos satisfagan a más de la mitad de la humanidad y todavía invisible, que seguimos siendo las mujeres y para poner la vida en el centro y sacar los cuidados a la plaza pública, porque los trabajos de reproducción son los que sostienen la maquinaria de la vida.

La revolución de los afectos

El discurso de la revolución de los cuidados cada vez está más extendido. FOTO/ AMARAMARA ET.

Preguntas como las siguientes: ¿quién hace política teología, economía filosofía y para qué y para quiénes? ¿Quién cuida?  ¿Por qué se ve una cosa y no la otra? ¿Por qué unos sujetos son tan  visibles y otros tan poco? ¿Es la política únicamente lo que se ve? ¿Qué sucede con lo que no se muestra?¿Por qué se siguen manteniendo tan separados el campo léxico de palabras como revolución, política organización, activismo, militancia, frente al de cuidados, reproducción, vida, afectos, sostenimiento? La historia todavía está demasiado identificada con la historia de las guerras y los relatos de los vencedores y las vanguardias. Los cuidados son sin duda la retaguardia, donde se expone y amalgama el sostenimiento de la vida.

Los cuidados son  las  trincheras permanentes, donde se llevan a cabo las tareas que el sistema mantiene invisibles y ocultas, vinculadas a lo cotidiano y a la materialidad y que nos hacen estar dispuestas y dispuestos al mundo. Los cuidados comprenden todas aquellas actividades que desarrollamos para atender o apoyar a otras personas de manera física o emocional para sobrevivir cada día. Tienen una dimensión material directa, pero también emocional y relacional. Sin cuidados no hay vida, pero cuidar no llena un curriculum, no otorga prestigio. Lo político en nuestro mundo sigue la lógica de la aparición y la materialidad de la vida permanece  escondida. Por otro lado, cuidar baja a los individuos a su propia fragilidad y nos hace salir de la fantasía capitalista de la suficiencia.

Por ello necesitamos radicalizar y revolucionar los cuidados. El ecofeminismo y la economía feminista han sacado los cuidados del espacio de lo íntimo para ubicarlos en la plaza pública urgiéndonos a revolucionarlos y a pasar de la ciudadanía a la cuidadanía. Es decir, un sistema de relaciones y reorganización social que pone en el centro de la sostenibilidad de la vida y el cuidado como una categoría relacional y política sin la cual la vida no es posible.

Pero, ¿qué entendemos por sostenibilidad de la vida desde la economía feminista? Nos referimos a condiciones de posibilidad de vidas que merezcan la pena ser vividas, ya que la propia noción hegemónica (patriarcal y capitalista) de esta aspiración nos resulta perversa. Perversa porque la vida que se nos ofrece como ideal escinde vida y naturaleza, porque identifica los valores asociados a la masculinidad con lo propiamente humano e impone una fantasía de autosuficiencia;  perversa porque identifica bienestar con consumo en permanente crecimiento y progreso; perversa porque es una noción de vida no universalizable e irrespetuosa con la diferencia, perversa porque se sustenta en una noción de vida en la que se acepta que una vidas valgan más que otras y porque la diversidad sexual y de género es constreñida en aras de garantizar sujetos invisibilizados que asumen la responsabilidad de sostener la vida en un sistema que la ataca.

La reivindicación de la cuidadanía supone reconocer el cuidado como esencia de lo humano, des-feminizándolo y redescubriéndolo como un valor universal. Cuidado y ternura constituye un orden alternativo al de la explotación y la dominación y están vinculados a la razón y la justicia cordial más que a la razón instrumental, su lógica y su justicia. La creación, las personas, somos posibilidad y carencia, vulnerabilidad y potencia, por eso necesitamos del cuidado para ser, para existir y superar la ley de la entropía, que es la fuerza del desgaste natural de las cosas. Por eso des-cuidar, des-cuidarnos nos embrutece y termina convirtiéndonos en generadores y generadoras de depredación y violencia, como nos recuerda también el papa Francisco en LS 69.

Para ello inicio este curso con una tarea urgente: revisar críticamente la concepción de la ciudadanía que parte de un modelo que es blanco, varón, burgués y propietario y de una división sexual del trabajo y mandatos de género que asigna quién cuida y quién debe ser cuidado. Un mandato de género que ubica los cuidados en los ámbitos privados y los naturaliza como una cuestión de mujeres, que lo hacen todo por amor y que genera subjetividades cómplices difíciles de desmontar. Es urgente desmontar este orden y el imaginario patriarcal y capitalista que lo sostiene: el de un sujeto autónomo, independiente y suficiente que niega su interdependencia, que niega la vulnerabilidad que nos constituye como humanos y nos hace seres con necesidad de recibir y ofrecer cuidados

Este verano, con los compañeros y compañeras de cristianismo y justicia en Barcelona, nos hacíamos hombres y mujeres conscientes de la gran prueba que constituyen la incorporación del feminismo y los cuidados en el pensamiento social y teológico y de la   apuesta por la cultura de la ciudadanía y la revolución de los cuidados. Una  apuesta que pasa por concebirlos desde la mutualidad y no desde la complementariedad. No de forma jerárquica, sino circular, sin privilegios y que incluye el cuidado de la tierra y la comunidad cósmica. Una revolución que pasa por politizar la vulnerabilidad y recolectivizar los procesos de reproducción porque, mientras los cuidados se realicen en el terreno de lo privado, estarán instalados en el género y en la clase. Por ello es fundamental llevar la lucha de los cuidados fuera de la cocina y el dormitorio, trasladarla a las calles. Por eso, como nos recuerdan los colectivos feministas, ningún movimiento se pueden mantener si no hace de la reproducción de aquellos que en él participan de su eje central, por eso hay que romper la frontera entre políticas y cuidados y poner en práctica una política con cuidados, que asuma la responsabilidad de todas las personas en la reproducción y la cooperación colectiva del cuidado de la materialidad y la vulnerabilidad. Si ambas no se hacen un asunto compartido, un asunto público, se seguirán reproduciendo dinámicas sociales en las que terminen siendo las mujeres las que asuman el peso mayor en la provisión del cuidado, no de forma elegida, sino impuesta.

¿Cómo meter en la agenda de nuestro inicio de curso, nuestros proyectos y planes para este año la urgente revolución de los cuidados? ¿Qué  tenemos que hacer o que dejar de hacer para que la cultura de la ciudadanía sea posible en nuestros barrios, para que todas y todos, empezando por las últimas, podamos vivir vidas sostenibles, vidas que tengan el cuidado en el centro y no el dinero y la explotación de un género sobre otro, de una clase sobre otra, de una parte del  mundo sobre otra, en definitiva vidas que merezcan la pena ser vividas?