Hasta la Pasión de Jesús comenzó con una Fiesta, comentario al evangelio de Ignacio Dinnbier SJ.

Ilustración Pepe Montalvá

Todo comenzó con una fiesta. No será la primera vez que encontremos a Jesús festejando y celebrando. Sabemos que no escatimaba en proximidad, en afecto y ternura, en fiesta, en canto y corazón agradecido.

Alrededor de la mesa fue restañando heridas, acogiendo historias, rehaciendo humanidad. Los evangelios lo presentan como a un hombre al que le gustaba celebrar la vida con esa medida tan propia del Espíritu, remecida, rebosante. Aquello le trajo más de una crítica: «Comilón y borracho» llegaron a llamarle, «amigo de recaudadores y pecadores», con quienes comparte de igual a igual el pan de la vida.

Todo comenzó con una fiesta en la que los discípulos le oyen decir: “Ha llegado la hora. Mirad que el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega”.

Los discípulos nos saben que también para ellos ha llegado la hora, su propia hora, su propia pasión, su propia agonía que transcurrirá en medio de una noche de fiesta, traición y entrega. Una noche en la que pasarán de la euforia a la derrota, del orgullo a la furia, de la confianza en sí mismos al desplome de todas sus certezas y seguridades.

Esa noche los discípulos, al igual que le pasó a Jesús, recibirán sus propias bofetadas al estrellarse contra su propia fragilidad. El encuentro, cara a cara, con su fragilidad les va a romper por dentro. La Hora de los discípulos es la nuestra propia, la Hora en que también nosotros nos encontramos, cara a cara, con nuestra propia fragilidad y descubrimos que la fuerza se nos va por la boca.

[quote_right]”Ha llegado la hora. Mirad que el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores”[/quote_right]

Todo comenzó con una fiesta. Una fiesta en la que hubo de todo: confidencias, gestos de fraternidad, roces, malentendidos y unas palabras más altas que otras… Y en medio de todo eso, el deseo de Jesús de compartir intimidad con aquellos a quienes llama amigos: “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor. Os llamo amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre”.

Fue en medio de esta cena cuando Jesús decidió aliarse definitivamente con nosotros. Es lo que siempre nos quiso decir: que está de nuestra parte, a nuestro lado, aliado en mesa compartida, servidor fraterno de sueños esperanzados. Es lo que siempre ha estado haciendo: alentar el sueño de Dios sobre cada uno de nosotros. Y nos lo dijo de tal manera que sus palabras tenían el poder de despertar ese sueño a veces escondido y olvidado.

Todo comenzó con una fiesta porque había llegado la hora de sumarnos a su brindis que es también el de tantos hombres y mujeres que en algún momento han sentido que su vida es un fraude; el de tantas personas que se han equivocado y se han sentido incapaces; el de tantos amores imperfectos; el de tantas pasiones truncadas; el de tantas palabras que no tienen vuelta atrás; el de tantas decisiones erradas. Y es que “la gracia está en el fondo de la pena, la salud naciendo de la herida; la fuerza, de la debilidad”.