Ilustración: Pepe Montalvá


 

Hace ya algunos meses se estrenó la película Llena de gracia. En ella se narra los últimos días de María y los primeros de la comunidad cristiana. Es un contraste fuerte el que presenta la película: la serenidad luminosa de María que alumbra el desconcierto y la desolación por la que pasa Pedro.

Toda la película es una gran narración de lo que María conservaba allí donde arraiga lo que nos vivifica. Es de ahí de donde María va ofreciendo, a los discípulos desorientados y confusos, aquello que les devuelva luz y claridad.

En una de las escenas, contemplamos a María rodeada por los primeros. En un diálogo vibrante se dirige a Pedro y le conduce hasta los recuerdos de aquel encuentro en el lago de Galilea. Fue allí donde Jesús le miró por primera vez. Habrá otra ocasión en que su mirada se fijará en él y sea el llanto, tras cantar el gallo, el que le devuelva a la realidad. El rostro de Pedro refleja lo que, en ese momento, está aconteciendo en él mientras se sumerge en vivencias y emociones. Aquello le devolvió la fuerza, el apasionamiento de los inicios y le hizo retomar el camino.

El Adviento tiene algo de esto. Es tiempo de profecías y visiones, de escuchar lo que otros han narrado con la fuerza de despertar de letargos y dormiciones. Es tiempo de cánticos que ponen en pie y movilizan. Es el salmo del primer domingo de Adviento que nos llamó a sumarnos a esa peregrinación a Jerusalén, a ponernos en camino. Pero ahora, el horizonte no es el templo, es Jesús.

Como Pedro, en la película Llena de gracia, ahora es tiempo de escuchar aquello que ya está en nosotros y que nos devolverá al camino: palabras esperanzadas, palabras provocadoras, palabras emocionadas, siempre la Palabra. Ahora es tiempo de recuperar, revivir, rescatar aquel primer encuentro, aquella primera emoción que comprometió la vida, que la vinculó a Jesús, a su Buena Noticia, a su esperanza ofrecida a todos a cambio de nada.

Es como una sacudida que, desde entonces, no ha dejado las cosas igual aunque en su apariencia parezca que nada ha sucedido, que no hay esperanza para los desesperados a causa de los satisfechos, los listos, los aprovechados.

María mantiene esa serenidad luminosa porque ha comprendido que el orden de este mundo ha quedado desbaratado y las tramas que sostienen la mentira y el engaño, la violencia y la explotación han caído irremediablemente. Es la esperanza cierta de que la última palabra la tiene la Palabra.