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Imagen Pepe Montalvá

 

Este tiempo de Cuaresma nos sitúa ante una realidad convocada a la conversión: nuestras imágenes de Dios. Lo hará recordándonos aquella historia de un padre que tenía dos hijos a quienes les dio la parte de la herencia que les correspondía. Uno de los hijos se fue y el otro se quedó. Y quienes escuchaban a Jesús contar aquello, debieron pensar que uno era el malo y el otro, el bueno. Su sospecha se vio confirmada cuando les dijo que el hijo pequeño acabó en un país lejano, buscándose la vida, viviendo en precario, cuidando cerdos y alimentándose de lo que sobraba cuando ya habían comido los animales. Fue entonces cuando les quedó meridianamente claro que no se podía caer más bajo y que tenía su merecido. Menuda diferencia con el hermano mayor, ese sí que era un hijo “como Dios manda”. Lo que le pueda pasar al pequeño a partir de entonces es problema suyo. Él se lo ha buscado. Historia zanjada, ya no hay más que hablar… ¿o sí?

Quienes escucharon a Jesús contar a qué se dedicaba mientras tanto el padre, no podían dar crédito. Este padre debía ser tonto porque, en vez de haber zanjado el asunto de su hijo, no se desentendió de él aun después de haberlo avergonzado con su comportamiento. No alcanzaban a entenderlo. Les resultaba inconcebible que saliera todos los días a ver si volvía a casa y que no diera por terminado todo lo que tuviera que ver con ese hijo tan despreciable.

Y aquí entra la novedad que introduce Jesús, quien no zanja historias a base de sentencias inapelables, por lo que no está dispuesto a entrar en discusiones ni a dejarse enredar en disquisiciones legalistas. Y es que donde los de siempre -los de la Ley y el Templo- ponen el punto final, Jesús sigue recuperando, rehaciendo, rehabilitando, devolviendo a la vida.

La parábola que contemplamos nos muestra que, en Jesús, Dios no da por zanjada ninguna historia, suceda lo que suceda no deja a nadie tirado ni da con la puerta en las narices, sino que se para, cura los golpes recibidos, sana las heridas producidas, alivia el sufrimiento provocado y restablece del daño infringido. No es la primera vez que Jesús nos habla de este modo de actuar tan peculiar de Dios que “hace salir su sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos” (Mt 5,45). Y esto resultará inconcebible para los que siguen creyendo que Dios premia a los buenos y castiga a los malos, que pone a cada uno en su sitio y a cada uno le da lo que se merece. Esta es la justicia de Dios.

Es la lógica del hermano mayor, incapacitado para la alegría y la fiesta, recomido por el rencor, entregado al juicio y al desprecio inmisericorde al sentirse decepcionado y defraudado porque su padre no ha salido en defensa de lo que creía que eran sus derechos. Su desprecio no es sólo hacia su hermano pequeño sino también hacia su padre. La imagen de un Dios garante de derechos adquiridos ha quedado hecha añicos y quienes escucharon aquella historia se sintieron escandalizados porque se estaba denunciando una experiencia religiosa que no genera entrañas de misericordia, sino dureza de corazón.