La mayor parte de mi vida he sido feligrés de esta parroquia administrada por los Agustinos Recoletos. Mi madre y mi hermana fueron catequistas, mis hermanos conocieron a mis cuñadas en sus grupos juveniles. Yo pertenecí a la orden. Aquí hemos celebrado bautizos, comuniones, confirmaciones, bodas y funerales.

Fecha: 7 de febrero. Quinto Domingo del tiempo ordinario. San Ricardo.
Lugar: Parroquia de Santa Florentina. C/ Longares, 8. (Las Musas) Madrid.
Celebración: Misa mayor, a las 12:30. La de niños ha sido a las 11:00.

Es el santo de mi padre y de mi hermano mayor. Aprovecho que vengo a Las Musas a comer con ellos para ir a misa a nuestra parroquia de toda la vida. Me detengo a leer los avisos de “Antorcha”, la asociación deportiva y cultural de la comunidad. Todo son buenos recuerdos. En el tablón se anuncia una convivencia de fin de semana en Torrelaguna. Me encuentro con Basilio, un laico comprometido que ha sido durante años tesorero y motor comunitario. Se sorprende al verme y me saluda como siempre, con mucho cariño, efusivo y mostrándose hospitalario: “Aquí seguimos, ahora reunidos preparando actividades. Siempre pasándolo bien”. Y me lo pone a huevo: “Basi, eres la alegría del Evangelio y tal”. Nos reímos y me remata: “Que no todo son reuniones, que también cantamos en la misa de once”. Él se vuelve a los salones. Yo entro en la iglesia.

Hacía tiempo que no venía. Al menos tres años, calculo por un cartel anunciando el centenario canónico de una Orden que tiene más de cuatrocientos años de historia. En fin. Muchísimas caras conocidas. “Qué mayores están todos”, le susurro a mi mujer. Sonríe. Sonrío. Hay feligreses que me miran y susurran y también sonríen. La edad media es alta. Muy alta. Y los bancos no se llenan. Me extraña. Quiero que me extrañe.

Canta la asamblea sin acompañamiento instrumental. Los cantos, aunque conocidos, se pueden seguir porque sus letras se proyectan en una pantalla desconocida para mí. El ritmo es lento. Entre la rutina de lo ya sabido y el cumplimiento descompuesto en cumplo y miento. El grupo de liturgia ha preparado moniciones breves para el inicio de la misa y cada una de las lecturas. Preside la celebración el recoleto Juan José Ceballos. Es su segunda etapa aquí como párroco. La primera la pasó en Chiclayo (Perú). Todo sucede según lo previsto. Es como el rezo del rosario. Monocorde. Sigue entrando gente. Sigue habiendo sitios libres.

La prédica se prolonga casi veinte minutos. El evangelio habla de la fe, de cómo Jesús les dice a los pescadores, después de toda la noche sin rascar nada, que vuelvan a tirar la red. Y los tíos le hacen caso. Y la tiran. Y lo petan. Pero el padre Juanjo no acaba de conectar conmigo. Ni yo con él. Miro las caras de la gente. Apostaría a que nadie se está enterando de nada. Y no porque no diga cosas interesantes, sino porque todo es etéreo.

Sólo hay dos chispazos que tienen que ver con la realidad: una referencia a los parados invitándoles a que vuelvan a buscar trabajo, a que vuelvan a echar las redes, a que no pierdan la fe. Y otra a los jubilados, cuando se refiere a la comunidad parroquial. Tela. El resto son frases del tipo: “La voluntad de Dios está por encima de la nuestra”, “La palabra de Dios es eficaz si le dejamos ser eficaz” y “Dios quiere que seamos pescadores de hombres para traerlos a la alegría del Evangelio” y dicho así, como quien atiende tras una ventanilla el trámite del domingo, me da una tristeza tan grande… que me duele en lo más profundo de la fe que mamé en la que fuera mi comunidad. En la parroquia de mis padres.