El día 8 de diciembre de 2015 el papa Francisco convocó el jubileo de la Misericordia, que finalizará el 20 de noviembre de 2016. ¿Cómo no celebrar por mi parte semejante iniciativa? Ya hacía mucha falta que esta virtud ocupara un puesto más que importante, por lo que a la Iglesia se refiere. Pues, además de coincidir plenamente con todo lo que ha estado diciendo y haciendo hasta ahora en el tiempo que lleva desempeñando el cargo de obispo de Roma, era muy necesario que la Iglesia se hiciera eco de una realidad sobre la cual no ha dado mucho testimonio hasta ahora, que digamos, al menos en lo que respecta a las normas y doctrina, por parte de muchos de los dicasterios de la Curia. Incluso tengo la impresión de que a veces ha sido demasiado dura. No cabe duda de que es una noticia excelente poner, en lo más alto de todo, esa misericordia sobre la que Jesús tanto habló durante su vida pública y, lo que es aún más importante, respecto a la cual tanto se implicó y por la que en última instancia fue ejecutado, pues misericordia y ley, la judía en este caso, se repelen y siempre se han repelido, pero en aquel tiempo quizá más que nunca.

[quote_right]Francisco ha excluido a muchas mujeres que son auténticos testimonios de esta virtud tan evangélica[/quote_right]

Dicho esto, hay una cosa que me ha sorprendido negativamente por parte de Francisco. Si no estoy mal informado, creo que ha nombrado 1.071 misioneros de la misericordia en todo el mundo, todos ellos sacerdotes, probados y de gran valor según su criterio. No tengo nada que decir en contra de ello, pues estoy seguro de que antes de dar este paso ha consultado y se ha informado sobre quiénes son estas personas; aunque, si se me permite, yo de entrada diría directamente estos “hombres”. Lo primero que le diría es que todos ellos son sacerdotes, ante lo que no puedo sino pensar que ya estamos en lo de siempre: el clero, la jerarquía por encima de los laicos y los fieles que forman parte del mismo Pueblo de Dios en igualdad de derechos y deberes que dichos sacerdotes -o al menos creo que así debiera ser-  pues, en definitiva, han recibido el mismo bautismo. A no ser que la misericordia la entienda como recibir el sacramento del perdón, lo que me extraña viniendo de Francisco y en este caso está claro que, hasta que no cambie la teología, solo pueden administrarlo las personas que han recibido el sacramento del Orden sacerdotal. Porque, si de predicar, de catequizar y hacer buenas obras se tratase, no sé por qué tienen que hacerlo solamente los sacerdotes.

Misa de Año nuevo con los sacerdotes nombrados como Misioneros de la misericordia. Foto. ACI PrensaPor otra parte, no sé si es consciente de que, si lo miramos solamente bajo el prisma de la estadística, ha descartado ni más ni menos que al cincuenta por ciento de la humanidad en general en números redondos; que, si nos ceñimos a la Iglesia, estoy convencido de que es mucho más, no me hagáis decir cuántos, pues me resulta difícil hacer una valoración en cifras; pero, ¡vaya!, solo hace falta echar un vistazo a la gente que asiste a las celebraciones religiosas para darse cuenta rápidamente de que esa proporción aumenta con creces. Como puede intuirse, me estoy refiriendo ni más ni menos que a las mujeres. ¡Anda que no hay mujeres pertenecientes a la Iglesia! Ya no entro a valorar las que profesan otras religiones o ninguna, dando lo mejor que tienen de sí mismas, en otras palabras, ejerciendo la misericordia como entrega, cariño, afecto y dedicación en un grado más que de heroicidad en muchos casos, etc. ¿Dónde? Por desgracia existen demasiadas situaciones, realidades y lugares que precisan de ello. Sin embargo, por citar algunos casos, mencionaré, por ejemplo, centros de acogida para inmigrantes y personas sin techo, visitadoras de centros penitenciarios, centros de convalecencia o de ayuda a morir con un mínimo de dignidad para personas sin recursos, casas donde son acogidos y acogidas personas que salen de la cárcel y no tienen dónde ir, centros de acogida o de reinserción para prostitutas, otros para mujeres maltratadas y así todo un largo etcétera.

Si se me permite, me gustaría traer a colación una expresión muy castellana: si esto no es misericordia, ¡que venga Dios y lo diga! Por ello, me gustaría decirle a Francisco, con la máxima humildad posible, evidentemente, que ha excluido a muchos hombres que no son sacerdotes pero, al mismo tiempo, a muchas mujeres que son auténticos testimonios de esta virtud tan evangélica como es la misericordia. Solamente le pediría a Francisco que rogase al buen Dios, padre-madre, por ellos y por ellas para que no desfallezcan y continúen desbordando amor y misericordia como lo han estado haciendo hasta ahora.