Por Mª Luisa Paret, “Mujeres y Teología” de Madrid

Valoramos y agradecemos el testimonio que Francisco da como creyente en el Dios Amor que Jesús nos reveló. Nos invita a volver nuestra mirada hacia Él, que “pasó por la vida haciendo el bien” y que nos mostró sus entrañas de misericordia y su fidelidad a su Abba Dios Padre-Madre.

Nos devuelve la esperanza de que es posible una Iglesia pobre y de los pobres, más fiel al Evangelio. Nos alientan sus gestos: vivir en comunidad, saltarse protocolos y obstáculos que le alejan del corazón de mujeres y hombres.

Le vemos cercano, arriesgado, sin miedos que le paralicen, denunciando escándalos como la pobreza de millones de seres humanos, las injusticias, la violencia contra las mujeres, las corrupciones, dentro y fuera de la Iglesia.

Valoramos su declaración de “tolerancia cero” ante la pederastia en el seno de la Iglesia y la creación de una comisión para establecer los procedimientos que eviten nuevas situaciones o el ocultamiento de abusos sexuales.

Nos alienta su denuncia de un sistema económico perverso que deja en la cuneta a millones de “sobrantes” y de los que mueren a las puertas de nuestros países por buscar un futuro mejor o huir de crueles conflictos.

Nos gusta su actitud dialogante y comprensiva que cierra el paso a dogmatismos, aires de superioridad e intransigencias que, por desgracia, aún están presentes en la curia romana y miembros de la jerarquía. Valoramos su actuación para erradicar la financiación escandalosa de la Banca Vaticana e impulsar una política transparente y honesta.

[quote_right]Pedimos que todas las puertas sean abiertas a la mujer en la Iglesia.[/quote_right]

Sus palabras “hemos de construir puentes, no muros para defender la fe” y “necesitamos una Iglesia de puertas abiertas, no de controladores de la fe” nos llenan de esperanza. Y con gran alegría observamos su voluntad de reconciliación con los hermanos de otras confesiones cristianas o de otras religiones.

Entre los asuntos pendientes destacaríamos:

Caminar hacia una Iglesia en la que participen activamente todos los bautizados -incluyendo los más altos órganos de decisión y desterrando la frontera clero-laico. Superar el autoritarismo, escuchar y colaborar, renovar el modo de trabajar y, en particular, cuestionarse dónde ha dejado la jerarquía eclesiástica a la mitad de la humanidad.

Pedimos que todas las puertas sean abiertas a la mujer en la Iglesia. Sus palabras, -“ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia, porque el genio femenino es necesario en todas las expresiones”- ponen el dedo en la llaga de un problema secular en la Iglesia. Es un escándalo que las mujeres estemos excluidas por razón de nuestro sexo y que todavía se considere como uno de los graves pecados contra la Iglesia la ordenación sacerdotal de la mujer. No hay argumentos bíblicos ni teológicos que sostengan la exclusión. Es hora de levantar la losa de piedra que ha causado tanto dolor y que sigue desperdiciando tanto talento en la Iglesia, mientras que comunidades urbanas y, sobre todo, rurales, apenas pueden celebrar la eucaristía.

francisco-papa-obispo-romaApertura del ministerio ordenado a las personas casadas. Si el celibato obligatorio es una ley eclesiástica que puede cambiar en cualquier momento y, desde tantos lugares, se cuestiona como fuente inmensa de sufrimiento y como freno a tantas vocaciones, ¿a qué esperar?

La renovación de la liturgia. En primer lugar, abandonando los ornamentos fastuosos y anacrónicos que nada tienen que ver con la sencillez que predicaba Jesús de Nazaret. Revisión de los textos para insertarlos en la realidad de nuestro tiempo, de modo que hablen al corazón de las personas. El uso de un lenguaje inclusivo, eliminando las referencias sexistas. Y homilías más participativas que fomenten el encuentro comunitario a la luz de nuestro Señor.
Ha llegado la hora de escuchar, respetar y dejar de condenar, en la Iglesia y en nuestras comunidades, a las personas homosexuales, transexuales y divorciadas. Si escucharlas supone cuestionar la doctrina existente, hay que atreverse a abrir las ventanas al Espíritu y ver hacia dónde nos lleva.

Escuchar y comprender a las mujeres que, ante embarazos, no sólo no deseados sino, en muchos casos, fruto de violaciones de sus padres, hermanos u otros varones, de los “chulos” que las han explotado y las obligan a prostituirse, pueden tener la oportunidad de abortar con garantías médicas y ayuda psicológica.

Agradecemos que el papa Francisco haya dejado de lado la “obsesión” por los temas sexuales. Por otra parte, es urgente que se revise una moral anacrónica e hipócrita, abriendo las puertas a un diálogo sincero y profundo. La “normalidad” que se ha instalado entre la mayoría de los católicos que, en conciencia, viven incumpliendo sistemáticamente con determinadas normas (como el uso de anticonceptivos), es una cuestión grave que está destruyendo la credibilidad del Magisterio. Deben ser las personas casadas quienes tengan un papel principal en la formulación de la moral sexual y matrimonial.

[quote_right]Nos devuelve la esperanza de que es posible una Iglesia pobre y de los pobres, más fiel al Evangelio.[/quote_right]

El estudio de la teología necesita respirar libertad para responder mejor a los grandes interrogantes de nuestro mundo y saber transmitir a nuestro Padre-Madre Dios. No es posible tratar de escuchar al Espíritu y mantener un sistema inquisitorial. Por ello, es urgente restablecer en sus cátedras y lugares públicos a teólogas y teólogos apartados y condenados al silencio por arriesgarse a formular la fe, la moral, los dogmas, en lenguajes nuevos y hacerlos comprensibles en nuestro mundo.

Miramos con confianza y esperanza estos tres años del papa Francisco. Pero sabemos, también, que tiene una misión ardua y compleja después de años de involución. Ofrecemos al papa Francisco el apoyo y la energía de los grupos como, “Mujeres y Teología” de Madrid.

Las mujeres seguimos trabajando en la Iglesia y fuera de ella, tejiendo redes, colaborando en publicaciones, facilitando encuentros, cursos y seminarios para recuperar la Iglesia como Pueblo de Dios, popular, comunidad de Iguales, comprometida con la justicia, la paz y la integridad de la creación.

Le damos gracias y le animamos a continuar su misión, porque nos renueva la alegría y la esperanza con su ejemplo y su generosidad.