De pequeña me enseñaron que gritar era de mala educación, tuve que desaprenderlo muchos años después con las mujeres del barrio de Zaidín, en Granada, cortando la carretera y reivindicando juntas el centro de salud y la biblioteca pública. También fueron mis maestras en el grito las madres de los presos y presas en otra pequeña ciudad donde viví, cuando exigíamos una línea de autobús que comunicara los barrios  periféricos con la prisión de la Torrecica que, como tantas cárceles, están alejadas de la  ciudad y resultan inaccesibles para los  familiares que no tienen coche ni dinero para pagar un taxi. O los gritos, también por esa misma época, ante la Consejería de Salud  exigiendo programas de  metadona y tratamientos de VIH.

Pero en mi vida, sin duda, ha sido el grito de las mujeres y los hombres migrantes el que definitivamente me ha convertido a su potencia y su hondura. Gritos como:

Ningún ser humano es ilegal

No estamos todas faltan las internas

Sobrevivir no es un delito

Papeles por derecho

En estas últimas semanas el grito Dignidad, Dignidad, Libertad, Libertad, ha  irrumpido   de nuevo en nuestra vidas resonando con fuerza en nuestras ciudades, protagonizado por los motines y las huelgas de hambre de las personas internas en el CIE de Aluche   (Madrid) y Zona Franca (Barcelona). Gritos que denuncian una vez más la opacidad de  estos centros y la violación flagrante de los derechos humanos en ellos,  pese a tantos informes y denuncias. Gritos desde dentro y gritos desde fuera: “Este CIE lo vamos a cerrar. Libertad a los presos por migrar. Gritos de los vivos y gritos de los muertos”, como el grito de Samba Martine, exigiendo justicia y resistiéndose a ser  enterrado, como lo fue su cuerpo en el año 2011, por no haber podido acceder a un tratamiento médico adecuado.

Gritos en la azotea del CIE y gritos en la calle de activistas y vecinos, testigos incómodos, ofreciéndose como mediadores y exigiendo su cierre y la resolución del conflicto sin violencia y sin deportaciones. Complicidad de voces en lenguas diferentes, agitar de trapos y manos que entran en comunicación más allá del control de los sistemas de seguridad que, por muy eficaces que resulten, no pueden impedir que la  inteligencia colectiva y solidaria socave muros y se cuele por grietas imperceptibles  para el poder y sus vigilantes. Gritos que responden desde dentro a estos gritos: “Gracias hermanos. Gracias hermanos”.

Pepa Torres hace un llamamiento a la teología del grito para reclamar nuestros derechos

Ilustración Pepe Montalvá

Desde mi doble condición de teóloga y activista  reclamo, como dice  Fidel Aizpurúa, la teología del grito. Porque los excluidos y excluidas no son mudos. Tienen voz. Gritan con sus bocas, en diversidad de acentos y lenguas y cuando estas son acalladas siguen haciéndolo con la palabra de sus cuerpos. Cuerpos que reclamen también una epistemología no hegemónica, sino desde el revés de la historia. Una epistemología de los cuerpos rotos de los empobrecidos y empobrecidas y del cuerpo roto de la tierra, que no legitime la violencia sino que les haga justicia, para que no se repita. Los excluidos y excluidas gritan con su palabra y sus cuerpos. Pero lo que no tienen son micrófonos ni medios de comunicación al servicio de sus intereses. El sistema trata de sofocar sus gritos porque su reclamo es percibido como una amenaza para el statu quo. Por eso es urgente recuperar la vigencia del grito -por políticamente incorrecto que parezca- y sumar nuestra voz a la suya con decisión, sin tener vergüenza ante un sistema perverso que se escandaliza de tales gritos mientras machaca implacablemente a quienes no pueden más estigmatizándolos o criminalizándolos.

Tenemos que recuperar como creyentes y ciudadanos la función social del grito, de la amenaza que proviene de la desigualdad, de la injusticia y de la violencia estructural. Los gritos de los y las pobres han de ser nuestra brújula porque son el grito mismo de Dios. Como leemos en el libro del Eclesiástico, el poder de los gritos de los pobres es tan fuerte e insistente que atraviesa los cielos, traspasa las nubes, llega hasta el mismo Dios y no cesa hasta ser escuchado, de modo que hace que Dios rompa toda su imparcialidad y tome parte, es decir, participe de sus luchas y sueños haciéndose parcial con ellos y ellas (Sir 35,15- 21). Por eso, como diría San Ignacio de Loyola, el seguimiento a Jesús nos lo jugamos en no ser sordos y sordas al llamamiento de estos gritos (EE 91). Estos gritos, este clamor es la brújula de la Iglesia de manera que, cuando dejamos de ser compañeros y compañeras de vida, de luchas, de riesgos y sueños en común con los y las pobres, la Iglesia deja de ser la Iglesia de Jesús.

Pero también gritos que no son sólo de opresión y sufrimiento, sino también de júbilo y acción de gracias. Como cuando ganamos un desahucio, unas medidas de alejamiento, impedimos una deportación o un grupo de subsaharianos salta la valla de Melilla al grito de Boza. Porque el mundo de los pobres, paradójicamente, no es sólo el mundo de la carencia, sino también el de la creatividad y el derroche. No es sólo el mundo de la violencia y “la bronca”, sino también el de la sensibilidad, la ternura, la fiesta y el banquete, aunque no se pueda asegurar quizá comer mañana, como nos recuerda la mujer que unge a Jesús con perfume bajo la mirada escandalizada de quienes son esclavos de la ley y el orden, se resisten a la desmesura como lógica del reino (Mc 14,1-6).

Sin embargo, las religiones nos han socializado más en el valor del silencio que en el del grito. Pero Dios es también clamor. Clamor que se hace consigna, canto, belleza, poesía y cuerpo que se yergue al proclamar el grito, como recientemente pude experimentar y disfrutar en un concierto de góspel al que me invitó mi amiga Inés:

Oye, are you listening

Oye, can you hear them calling

Oye, we are calling to you

Oye, are you listening

Oye, can you heard the calling?

Escúchales y mírales atento, atenta,

Tratan de decirte algo

Buscan que se les sumen otras voces

Oye, are you listening, oye, can you heard us

I can heard you calling

¿Qué tal si en la próxima reunión comunitaria o en la parroquia hacemos un taller de gritos?