Si en Alemania un varón quiere decir algo tierno a su chica puede llamarla pececito (fischlein) y, si se trata de un francés, se dirigirá a ella como mi col (mon chou). Y, por poner otro ejemplo, la latina que me vende la fruta me llama siempre “cariño”.

Ya se entiende que el primero no pretende meterla en un acuario ni el segundo gratinarla con bechamel. Por mi parte, estoy seguro de que mi frutera no tiene la intención de pedirme una cita.

No hace falta explicar que en los tres casos se trata de expresiones coloquiales, convencionales, que pueden utilizarse en un determinado medio pero que, por supuesto,  no hay que tomar al pie de la letra.

Viene todo esto a cuenta de lo siguiente: Juan Pablo II era, sin duda, devoto de la Virgen y pudo comentar en algún círculo reducido –o acaso en público- que la Virgen le había salvado la vida en el momento del atentado que sufrió. Naturalmente nadie sensato puede tomar en serio esa afirmación. Ya se sabe que los enamorados suelen abusar del lenguaje y dicen a veces cosas bastante chocantes.

Pero supongamos que alguien se lo toma en serio y explica que la Virgen desvió la bala y que encasquilló la pistola del sicario. En ese caso la cosa entra ya directamente en el terreno de lo ridículo. Pues bien, hace unos meses, con motivo del viaje del papa a Fátima, recibí un vídeo en el que dos teólogos polacos sostenían esas tesis con toda seriedad.

Cuando yo estaba en el seminario, un formador nos repetía hasta la saciedad que la voluntad influye en el juicio. Aquí queda bien claro que no solo influye en él sino que lo nubla. ¿La Virgen puede desviar balas?, ¿puede encasquillar revólveres? Y, en el caso improbable de que pueda hacerlo, ¿por qué no encasquilló el arma antes del primer disparo sin esperar al tercero? Si es que puede actuar de esta forma en los acontecimientos humanos, ¿no hubiese sido más práctico enviar al sicario una parálisis transitoria en su brazo derecho? Hubiera ahorrado muchos sobresaltos y algunos gastos a la seguridad social.

Como puede verse, la cosa no tiene ni pies ni cabeza, excepto para los teólogos polacos sobre los que uno puede preguntarse dónde habrán estudiado teología. Parece que en su centro de estudios no se han enterado aún de que ha llegado la modernidad y que vivimos en un mundo secularizado, en el que no se pueden decir impunemente cosas como las que ellos dicen. Los más compasivos mirarán al catolicismo como algo anacrónico y los peor intencionados preguntarán cómo es que, si la Virgen puede desviar balas, no lo hace con todas aquellas que matan inocentes en el mundo entero.

Hace poco leía un artículo de Duquoc –teólogo por quien tengo una debilidad- en que éste afirmaba que una de las misiones de la teología es corregir las manifestaciones de la piedad. En el hecho que comento se entiende perfectamente.

Sin duda el cristianismo profesa que Dios nos ayuda y nos acompaña. Esa creencia exige una reflexión permanente sobre el modo en que lo hace pero descartando de entrada que sea un agente más de los que influyen en el mundo. Si no se hace así se incurre en el mismo ridículo en que caería un adolescente de quince años que sostuviera que sus regalos de Navidad se los trae Papá Noel.

Ya hace muchos años que Peter Berger señaló que en una sociedad con tantas ofertas religiosas –e irreligiosas- cualquiera de ellas corre el peligro de la irrelevancia. Con teólogos como los citados más arriba, los relatos cristianos pueden acabar siendo tan emocionantes y tan irrelevantes como los de Superman.