El tema de los difuntos ya lo encontramos en épocas bien antiguas. Sin ir más lejos, concretamente en Jeremías, en el Antiguo Testamento, se dice, por ejemplo: “En paz morirás. Y como se quemaron perfumes por tus padres, los reyes antepasados que te precedieron, así los quemarán por ti, y con el «¡Ay, señor!» te plañirán, porque lo digo yo, oráculo de Yahveh” (Jeremías 34,5). De la misma manera en el libro 2º de los Macabeos encontramos escrito lo siguiente: “Judas Macabeo mandó ofrecer sacrificios por los muertos, para que quedaran libres de sus pecados” (2 Mac. 12, 46). Y, ya en el Nuevo Testamento, bien reciente aún el recuerdo de Jesús, Pablo de Tarso dice a los cristianos de la comunidad de Tesalónica en su segunda carta: “No quiero, hermanos, que viváis en la ignorancia acerca de los que ya han muerto, para que no estéis tristes como los que no tienen esperanza. Porque nosotros creemos que Jesús murió y resucitó: de la misma manera, Dios llevará con Jesús a los que murieron con él. Quiero deciros algo, fundado en la Palabra del Señor: los que vivamos, los que quedemos cuando venga el Señor, no precederemos a los que hayan muerto” (Tes. 4, 13-15).[quote_right]No podemos atribuir a Dios un tipo de omnipotencia tal que consista en poder hacer lo que quiera y cuando quiera; rayando, como puede verse a todas luces, en la arbitrariedad más absoluta[/quote_right]

Sobre todo, en esta última cita de San Pablo se deja entrever un final del mundo a partir del cual todas y todos, los que ya murieron y los que en ese momento aún se encuentren viviendo, serán llamados para rendir cuentas de todo lo que vivieron durante el tiempo que se encontraron en la tierra. Hay otros textos, principalmente los pertenecientes a la literatura apocalíptica, que exponen de manera más clara y rotunda todo lo relativo a este fenómeno.

Nos encontramos, pues, ante dos realidades por lo que a la muerte se refiere: por una parte, la destrucción del cosmos y de todo cuanto lo habita, mientras por otra está el hecho de tener que rendir cuentas ante Dios, único amo y señor de todo lo existente, las personas que un día habitaron o, en palabras de Pablo, continuarían habitando aún dicho Universo.[quote_left]Hablar de juicio de Dios no tiene nada que ver con ningún tipo de condena o de cualquier otra cosa que pudiera parecérsele, sino con el abrazo inmenso de un padre-madre, cuya característica en este sentido es la de una amnesia total[/quote_left]

Dos cuestiones, pues, que conviene dejar claras o, por lo menos, darles una correcta interpretación. No es de extrañar que, si partimos de una concepción creacionista del mundo y de todo cuanto contiene, cabe perfectamente la posibilidad que llegue a destruirlo quien en su día lo creó. Más aún, si al autor de dicha creación, Dios, le atribuimos un tipo de omnipotencia tal que pueda hacer lo que quiera y cuando quiera; rayando, como puede verse a todas luces, en la arbitrariedad más absoluta. Mientras no dejemos el tema del origen del cosmos y del ser humano para los científicos y nos centremos en la cuestión de Dios como sentido y razón de todo lo existente estaremos dando vueltas inútilmente a algo que se nos escapa de las manos. ¿Que el cosmos o universo puede acabar un día? No me cabe la menor duda de que es así por la sencilla razón de que es finito y limitado y, por tanto, no existe razón para mantener lo contrario.

Hablar de juicio es un símil, lo que encontraremos será el amor de DiosLa segunda cuestión haría relación al juicio de las personas que, según Pablo, tendría lugar una vez destruido o dado por finalizado el mundo donde habitaron o aún estaban habitando en el momento de llegar la destrucción. Por cierto, un gran sentido aterrador iba ligado -y continúa para una gran mayoría- a todo lo relativo a dicho juicio. Creo que no hace falta decir que su parafernalia era exactamente igual a la de los juicios que estamos acostumbrados a ver en la vida civil; es decir, un juez que decanta la balanza de la justicia teniendo en cuenta simplemente el bien realizado o la falta o delito cometido. Va contra los propios principios hablar de misericordia o de cuanto se le pudiera parecer.

Hablar de juicio de Dios es pura similitud, nada más. No final universal sino, sencillamente, individual y personal, a partir de la muerte de cada persona. Y, por supuesto, nada de condena ni de cualquier otra cosa que se le pudiera parecer. Abrazo inmenso de un padre-madre, Dios, cuya característica en este sentido es la de una amnesia total y absoluta respecto al posible mal que el ser humano hubiera podido haber cometido. Porque, además sería bueno que no perdiéramos de vista que es su gracia la que decide -“salva” en este caso- y no nuestros méritos.