Una conocida mía, normalmente sensata en sus juicios, me cuenta un día la siguiente historia: unas amigas suyas están jugando con la güija y una de ellas se ausenta un momento de la habitación. La güija entonces se dispara y da el nombre de la madre de la ausente -fallecida meses antes- y a la vez el siguiente mensaje: “Rezad por mí porque no sé dónde estoy”.

Como veo que mi amiga relata el suceso con cierta emoción, me abstengo de hacer comentarios. Sin embargo, pienso: creer que esa historia tiene algún sentido es aceptar que al morir empezamos a deambular por espacios desconocidos, que hay que confiar en la suerte de que una hija abra la güija y después esperar que alguien rece por nosotros. ¿Y si todo eso no tiene lugar? Pues a seguir dando vueltas sin destino fijo.

Claro está que la muerte es un misterio que nos sobrecoge y nos descoloca y del que el ser humano ha pretendido siempre defenderse, pero cabría suponer que debemos hacerlo con argumentos razonables y no con mitos o invenciones.

Aunque goce de mayor aceptación al ser defendida por algunas religiones, también me ha sorprendido que un comentarista de un artículo mío me haya escrito para defender que hay que creer en la reencarnación. Es decir, que si me muero mi alma (una especie de mamífero gaseoso, en expresión de Haeckel) sale volando y se mete en otro cuerpo y a vivir de nuevo. Y resulta que ese nuevo ser, de distinto sexo, carácter, temperamento o cultura, soy yo.

Ya hace mucho que en occidente sabemos que cada uno de nosotros no tiene un cuerpo sino que es su cuerpo, entendiendo por tal desde la pura física hasta el carácter y las capacidades. Si supuestamente yo me meto en otro cuerpo –suponiendo que encuentre uno libre, en tiempos de la peste negra debían andar muy escasos- ese ciertamente ya no soy yo.

¿A dónde quiero llegar con todo esto? A defender que todo ser humano está enfrentado al misterio de la vida y de la muerte, del origen y del final, de su sentido o sinsentido y que debemos hacerlo aplicando la razón que siempre, sin duda, se mostrará insuficiente y relativa.

Se dirá que el cristianismo también ha defendido ideas e imágenes arbitrarias, como la del purgatorio lleno de difuntos entre llamas o la del catecismo del P. Ripalda, que decía que los muertos resucitarían “con los mismos cuerpos y almas que tuvieron”. Hay que decir, sin embargo, que la idea de una purificación antes de entrar en la consumación no es nada tonta y que la afirmación del catecismo del cuerpo personal es acertada. Otra cosa es la formulación (¿los mismos cuerpos que tuvieron?) o la traducción popular o sus consecuencias piadosas.

Pero en todo caso la teología avanza y se purifica y ese esfuerzo no compete únicamente a los teólogos sino a los creyentes normales. Hoy día muchos, entre los más avisados, sienten cierto desapego y hasta irritación ante determinadas palabras o formulaciones de la fe cristiana. De lo que se trata no es de arrumbarlas sino de encontrar su sentido más profundo y formularlas de forma más sutil. Mi experiencia es que no siempre ocurre de este modo. Estoy convencido de que muchos, como anunció ya San Pablo, “apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas” (2 Tim 4,4).

Yo quiero en cambio atenerme a la máxima de Chesterton y seguir creyendo que “para entrar en la Iglesia hay que quitarse el sombrero pero no la cabeza” que, como afirma el dicho popular, para algo nos la dio Dios. Y por tanto, por ejemplo, reflexionar seriamente sobre el purgatorio pero no sustituirlo por la güija. Hace tiempo hubiera añadido: hasta ahí podíamos llegar. Pero el hecho es que ya hemos llegado.