Si no me falla la memoria el jueves, día 12 de mayo de 2016 el papa Francisco se reunió en el Vaticano con más de 900 superioras de diferentes institutos religiosos. Transcribo como sucedió más o menos la situación, tal y como las agencias de prensa lo divulgaron casi de inmediato. Durante dicho encuentro, una monja le preguntó directamente al papa por qué la Iglesia excluía a las mujeres como diáconos. Otra de ellas insistió por otro lado, preguntando por qué no se constituía una comisión oficial que estudiase dicha posibilidad. Bergoglio, que, en palabras del periodista, suele preferir el cuerpo a cuerpo a los rígidos discursos institucionales, aceptó el envite. Explicó que en cierta ocasión ya habló con “un sabio profesor” que había estudiado la función de las mujeres diáconos en los primeros siglos de la Iglesia, pero que la cuestión no estaba clara. A continuación, como si reflexionara en voz alta, añadió que pensaba que estaría bien constituir una comisión oficial para estudiar dicha cuestión. Sería un bien para la Iglesia, continuó diciendo, aclarar este punto. Manifestó su acuerdo con ello, a la vez que añadía que hablaría y haría todo lo que estuviera de su parte para hacer algo en dicha línea. “Acepto la propuesta”, dijo. “Creo que será útil para mí tener una comisión que aclare bien todo lo referente a este tema”.

[quote_center]En cierta ocasión ya habló con “un sabio profesor” que había estudiado la función de las mujeres diáconos en los primeros siglos de la Iglesia[/quote_center]

El problema de fondo seguirá latiendo mientras la mujer siga sin tener acceso a los mismos sacramentos que el varón.

Mujer pastor en una celebración religiosa. Foto. Church Leadership

No es ahora el momento de hacer una explicación sobre todo lo que concierne al diaconado pero, por lo que la sacramentalidad se refiere, solamente diré que lo más específico del mismo consiste principalmente en administrar los sacramentos del bautismo y del matrimonio (con la peculiaridad que a este último le caracteriza). La noticia, que no deja de tener su relevancia, pone de manifiesto algo que me viene preocupando desde hace tiempo y, como si de una herida se tratase, me da miedo que pudiera llegar a cerrarse en falso. Me explico. ¿Qué se pretende con el diaconado femenino que, a su vez, podría aplicarse también al masculino? ¿Liberar en cierta manera al sacerdote, al presbítero -por lo que a la administración se refiere- de tanta sacramentalización, en este caso de dos sacramentos tan frecuentes todavía en muchos países como son el bautismo y el matrimonio? Si con ello creemos haber ganado algo, por lo que a la mujer se refiere, ya me adelanto a decir que no, de entrada. La valoración y la dignificación de la mujer en la Iglesia no va por estos derroteros; continuaríamos dejándola en un lugar de segunda. ¡Menos es nada!, dirán muchos. Pero es que no se trata de darle algo para que así se contente, por decirlo de alguna manera; sino de ponerla en el lugar que le pertenece por algo tan esencial como es el hecho de haber recibido el sacramento del bautismo igual que el varón.

[quote_center]Pero es que no se trata de darle algo para que así se contente, sino de ponerla en el lugar que le pertenece [/quote_center]

Pero hay otra cosa que me lleva a poner de manifiesto una realidad respecto a la cual insisto desde hace ya mucho tiempo. Me refiero, ni más ni menos, que al presbiterado para la mujer. No voy a argüir razones por lo que a la tradición respecta sobre lo que dice o no sobre esta cuestión, porque las desconozco; pero sí apelaré a los signos de los tiempos. Vaya por delante que me incluyo entre las personas que piensan que la revelación no acabó con el último apóstol, sino que Dios continúa revelándose a toda la humanidad y, por lo mismo, a la Iglesia a través de personas y de realidades a cada cual más diversas y diferentes. ¿Qué os parecen unas mujeres ordenadas de diácono para administrar los sacramentos del bautismo y del matrimonio, aparte de realizar otras tareas que ya se suponen y, mientras tanto, toda una serie de comunidades, cada vez más, por cierto, privadas de la celebración de la Eucaristía, sacramento este sí esencial en la vida de toda comunidad, por la falta de sacerdotes varones y además célibes? Me parece una incongruencia de un calibre muy fuerte, además de estar faltando a la recomendación de Jesús: “Haced esto en conmemoración mía”. ¿Paso importante, llegado el caso? Sin duda. Pero el problema de fondo seguirá latiendo de manera tan fuerte como hasta ahora, mientras la mujer siga sin tener acceso a los mismos sacramentos que el varón, en este caso el sacerdocio.