Estoy convencido de que estas palabras la mayoría de lectores y lectoras de alandar las habéis oído un montón de veces y, por lo mismo, no hace falta que os recuerde que son de la santa, como solemos llamar a Teresa de Jesús. No he podido por menos de dedicarle un escrito al celebrar el quinto centenario de su nacimiento.

Cada vez que las digo y repito me doy cuenta de que solamente una persona mística podía haberlas pronunciado. Porque si bajamos a la vida, no ya a la real, es decir, a la de los quehaceres y sinsabores cotidianos, la de los sufrimientos trágicos e inhumanos muchas veces, sino a la vida de la religión o de lo concerniente a lo religioso, cuesta muy mucho entenderlas.

De la misma manera, es muy difícil -por no decir imposible, al menos desde mi vertiente personal- saber o, por lo menos, interpretar qué es lo que Teresa de Jesús quería decir con estas palabras. Aunque sea atrevido por mi parte, voy a intentar presentar al Dios que, ciertamente, me ha hecho feliz, pues no me atrevo a decir que me ha saciado (bastado), al menos en algunas ocasiones, dejando entrever la visión contraria del mismo.

En primer lugar, me basta el Dios cuya misericordia no tiene límites. Sí, ese Dios que, a pesar de mis pequeñeces y miserias, continuará apostando por mí y no me dejará de su mano por mucho que yo le corresponda con una y mil fechorías. El Dios cuya justicia consiste en ser bueno siempre, en todo momento y con todas las personas; a pesar de que a la mayoría de quienes nos decimos creyentes hablar de justicia signifique casi siempre aplicar aquella vieja ley judía “Ojo por ojo, diente por diente”. Por ello acostumbro a decir que, cuando alguien descubre que Dios es esto o lo otro, así ha dado un paso de gigante en ese propósito de ir descubriendo su verdadera imagen un poco más cada día.

Me basta también el Dios que no me exige sacrificios ni mortificaciones para quererme con locura. Eso sí, que no estaría mal si en algún momento me esforzase por dejar de mirarme un poco menos a mí para que mis ojos se proyectasen hacia los demás, especialmente hacia quienes más necesitados puedan estar en el momento. Ese mismo Dios que entiende bien poco -mejor dicho, nada- de cumplimientos ni de rituales. Aunque sí que le alegraría, por qué no decirlo, que yo hiciera todo lo posible por tener una mente limpia y clara y un corazón abierto y siempre disponible.

Me basta el Dios que me hace sentirme hijo suyo, no esclavo ni siervo. Pero no para quedarme con ello tranquilo y a gusto, sino para que dé los pasos que hagan falta con tal de descubrir que todo hombre y mujer son mis hermanos. Ese Dios que me quiere libre por encima de todo; pero no con cualquier tipo de libertad, sino con aquella que me lleva a vivir el proyecto del Reino que Jesús anunció y testimonió con su vida.

Me basta finalmente el Dios que he aprendido de Jesús, en contraposición al del de las devociones y de los sentimentalismos sin que ello quiera decir que siempre son malos, ni mucho menos. Ese Dios al que le hablo de tú a tú, precisamente como lo hacía Jesús con tanta frecuencia, a pesar de que no siempre le preste la atención que tanto me ayudaría a ver mucho más claras tantas y tantas cosas.

Debo confesar que, desde una vivencia así, solamente Dios basta. ¿Por qué no pensar que esta fue la experiencia de Teresa?