Suponiendo que Jesús hubiera querido fundar, en este caso, una Iglesia tengo el pleno convencimiento de que no le pasó por su mente fundar la que tenemos ahora, después de veinte siglos. Sobre este tema se ha escrito mucho y, además, creo que ya lo han tratado personas estudiosas del Evangelio y entendidas en todo lo que a la Iglesia se refiere en su devenir desde los primeros momentos hasta nuestros días. Por ello, no quiero presentarme como palabra autorizada y con fundamento sólido en este asunto, porque no lo soy, ni mucho menos, sino como alguien que, desde el conocimiento limitado del Evangelio y desde la vivencia que intenta tener del mismo, saca a la luz los sentimientos que lleva dentro y, ¿por qué no decirlo?, cada vez más arraigados. Ya sé que los sentimientos no son siempre los mejores garantes de verdad ni de objetividad pero no por ello se los tiene que dejar de lado, sin más.

Fragmentos de las ruinas del antiguo templo de Jerusalén.

¿Jesús era un hombre religioso? Claro que lo era; pero, como dice José María Castillo, entre otras cosas, una de las que hizo fue precisamente traspasar a la vida una religión que -según escribas, fariseos y letrados- quedaba reducida al Templo de Jerusalén, el gran templo por excelencia. La religión, según Jesús, ya no tenía por objetivo observar y cumplir al pie de la letra toda una serie de ritos, normas y leyes que no hacían sino esclavizar a la persona y ponerla bajo el dominio de un Dios todopoderoso que podía hacer de ella lo que le viniera en gana. De ahí, solo por citar un caso, que la prohibición de no tocar a una persona considerada impura, como era el caso de los leprosos, tal y como prescribía la ley y así lo mantenían los sacerdotes, Jesús se la salta y toca a aquel leproso que se le acerca para decirle a continuación que ya puede marchar porque ha quedado limpio.

Está claro que, si la religiosidad de Jesús era tal, no estaría fuera de lugar afirmar que en ningún momento pretendió reemplazar unas personas y una institución por otras diferentes. Jesús se movía por aquellos caminos de Judea y de Galilea y hacía todo lo posible por entrar en contacto con la gente con quien se encontraba para echarles una mano librándoles de los males que los acechaban y de todo cuanto les esclavizaba. Baste recordar también el caso de aquella mujer que padecía pérdidas de sangre y a la que la ley sagrada consideraba impura una vez más. Es verdad que en algunos casos utilizó signos (no perdamos de vista que, sobre todo, era gente del campo acostumbrada a lo visible y lo palpable), el caso del ciego a quien le puso en los ojos una pizca de lodo que había hecho antes con la saliva o al sordomudo que le tocó la lengua, etc. Pero no creo que estuviera en su intención crear toda una serie de ritos transmisores de espiritualidad, por dejarlo nada más en esto.

Cada vez que me adentro en el Evangelio tengo más claro que Jesús no pretendió en ningún momento fundar nada igual, ni tampoco parecido, a lo que Él había experimentado como sinónimo de cumplimiento que, en vez de aportar alegría, suponía una carga pesada para personas que, si algo necesitaban, era precisamente amor y esperanza. Jesús de fundador no tuvo nada; fue, sencillamente, aquel profeta único en quien Dios se hizo presente, se manifestó, de manera muy especial: “Este es mi hijo, el amado: escuchadle”.