persepolis2.jpgHace algunos días, una amiga me mandó un e-mail de estos en cadena que van rodando de buzón en buzón. Una amiga nada sospechosa de conservadurismo ni de machismo, en absoluto retrógrada ni reaccionaria. El correo electrónico en cuestión, al que ella había añadido un párrafo introductorio culpando a sus padres por haberla educado como una chica independiente y con ideas propias, se titulaba “Mujeres Modernas”. El texto, que pretendía ser un monólogo del Club de la Comedia, clamaba contra los resultados de la liberación de la mujer y contra las conquistas del feminismo. En primera persona una mujer se quejaba de lo que la sociedad de hoy “espera de ella”, del ritmo de vida que “se le obliga a llevar”… El e-mail me puso los pelos de punta.

Hace algunas semanas vi, por fin, Persépolis. Maravillosa película autobiográfica en la que Marjane Satrapi cuenta la historia de Irán, vista por sus propios ojos a través de dibujos animados. El film me descubrió un país que desconocía y que, en los años setenta gozaba de bastante modernidad en las costumbres y el ritmo de vida. Me resultó sencillo identificarme con la niña Marjane, curiosa y contestataria, llena de música y de tierna rebeldía. Hasta el momento en que la película muestra el derrocamiento del sha y el ascenso de la revolución islamista, que conllevó una dura represión, fuertes restricciones de las libertades individuales y la imposición del velo femenino.

persepolis1.jpgMarjane entonces tiene que aprender a llevar un velo casi hasta los pies, el chador, soportar que la llamen ‘puta’ si lo lleva un centímetro descolocado, dejar de escuchar música, estudiar separada de los chicos… Y, curiosamente, tampoco me costó nada sintonizar con esa Marjane. Imaginarme cómo me habría sentido si mi vida hubiese tenido que cambiar de esa manera, si mi familia hubiera tenido que esconderse o que exiliarse por no poder vivir como querían, si me hubieran rasgado la libertad así, si me hubieran obligado a vivir en inferioridad respecto a los hombres.

Lo siento, pero no. Es cierto que vivo a un ritmo a veces demasiado fuerte, es cierto que voy sin parar, es cierto que a veces me cuesta llegar a todo. Pero no. No creo que la sociedad me esté obligando a nada, ni que se me presione para ser una mujer moderna, ninguna superwoman. Creo firmemente que, lo que conquistaron las mujeres de las décadas anteriores, fue mi libertad para elegir. La posibilidad de estudiar o no. La posibilidad de casarme o no. La posibilidad de tener tres hijos, uno o ninguno y la posibilidad de tenerlos sola o acompañada. La posibilidad de ser empresaria, de tener un cargo directivo, de ser empleada o de ser ama de casa. La emancipación de la mujer nos hizo libres para elegir.

Tengo varias amigas que han reducido su jornada para cuidar de sus bebés, algunas que incluso han pedido excedencias. Lo maravilloso es que pueden hacerlo, que tienen esa posibilidad. Otras que trabajan y llevan a sus peques a la guardería. Otras que los dejan a cargo de los abuelos maternos o paternos. Otras los dejan con el padre, que se ha quedado en paro o que trabaja en casa. Cada una ha elegido el modelo de crianza que ha querido, igual que yo elegiré el que quiera el día de mañana.

persepolis3.jpgLo siento, pero no estoy dispuesta a renunciar a ello. No me obligaré a mí misma a estar al nivel de nada ni de nadie, sino a hacer en cada momento lo que yo quiera hacer y quien yo quiera ser. Ésa es la libertad que conquistaron para mí, la libertad de elegir.

cristina@alandar.org