Hay películas que, de un modo un tanto especial, te abren la mente, amplían tu mundo y se quedan tanto en la cabeza como en el corazón. Nada más empezar a ver Corazón silencioso comencé a intuirlo. El mejor Bille August desde Las mejores intenciones.

Eutanasia, enfermedad y despedida en una reunión familiar de fin de semana. Vida, muerte, libertad, amor (en su dimensión más amplia), esos momentos de felicidad (que son la felicidad en sí). “Vive y deja vivir”. A veces eso significa “vive y deja morir”, en armonía, en paz… El respeto, la escucha, la alegría, las complicidades inesperadas, la (in)comunicación, lo rápido y fácil que juzgamos a los demás, lo poco que escuchamos, la carencia de empatía, los prejuicios, el desconocimiento del otro y de los otros, la dificultad de entenderlos (a menudo la poca disposición para ello). Un abanico de temas que se engarzan unos con otros, como un cuadro alrededor de ella, la protagonista, cuyo magnífico papel se ve rodeado de los miedos y debilidades de los demás.

El filme, que no se adentra en debates morales ni religiosos, sino en el acompañamiento. En lo fieramente humano. Muy bien hecha. Sin sensiblería ni edulcorantes.