Tomo el título de mi artículo de este mes de un texto de Marina Garcés en su libro Fuera de clase. Filosofía de  Guerrilla. En él la autora se pregunta  por qué en la era del internet necesitamos encontrarnos en una hora y un lugar concreto para caminar o estar juntos si podemos compartir objetivos y luchas de otra manera. ¿Por qué sigue siendo necesario tomar la calle y reapropiarnos de ella para que no sea solo lugar de tránsito y consumo?

Las mujeres lo tenemos claro. Necesitamos tomarlas y salir cuantas veces sea necesario hasta que se acabe con las violencias machistas, hasta que la calle y la noche sean también nuestras y podamos transitar seguras por ellas, hasta que decir “No” sea “No”.    Este mes la hemos vuelto a tomar juntas miles de mujeres en todo el Estado y  lo  hemos  hecho con pasión e indignación para apoyar a Juana Rivas y denunciar una vez más la violencia institucional de las leyes hacia las mujeres y la criminalización de quienes con sus prácticas fuerzan su cambio. La campaña Juana está en mi casa, como apoyo a la desobediencia legal de una madre que se esconde para no entregar a sus hijos a un padre maltratador, corrió como la pólvora entre los colectivos de mujeres, acostumbrados como estamos a tantas Juanas y su hijos e hijas a quienes las leyes siguen desprotegiendo, incluso en el contexto del recién aprobado pacto de estado contra la violencia de  género.

¿Por qué sigue siendo necesario tomar la calle y reapropiarnos de ella para que no sea solo lugar de tránsito y consumo?

Manifestación feminista. Foto: Archivo

El convencimiento de que un maltratador no pude ser un buen padre volvió a hacernos tomar las calles para canalizar nuestra rabia y exigir justicia para las mujeres víctimas de las violencias machistas. Juana ha tenido que entregar a sus hijos, pero la lucha sigue y Juana esta menos sola que nunca, aunque los tribunales de justicia no se han puesto de su parte. Tenemos rabia y dolor, pero también somos conscientes de que esos sentimientos no van a ceder a la impotencia, sino que los vamos canalizar en mayor creatividad y coraje, en fortalecer las redes de apoyo entre mujeres y la denuncia de las leyes y estructuras patriarcales que siguen vigentes, ya que -pese a tantos años de lucha- no hemos hecho más que agrietar un sistema que se resiste violentamente a ser desmantelado. Lamentamos terriblemente el impacto del efecto Arcuri, exmarido de Juana y el carácter ejemplarizante de esta sentencia también por las consecuencias perversas sobre las vidas de otras mujeres y su miedo a perder sus hijos e hijas. Un obstáculo más en la difícil y larga carrera  para salir del círculo de la violencia.

Por eso los cuerpos de las mujeres tenemos que seguir estando juntos en la calle, cuerpos diversos: gordos, flacos, blancos, negros. Como negros eran los cuerpos de Patience, Aminatou, Bebé, Dalloba, Clemence, Merveille y Karmeline, las siete mujeres africanas que el pasado 31 de agosto murieron ahogadas, muy cerca de la costa de Melilla, cuando la Guardia Civil interceptó la zodiac en que viajan y se llevó a cabo una  devolución en caliente que puso fin a sus vidas. Cuerpos juntos en la calle para exigir el fin de las devoluciones en caliente, porque vulneran la normativa internacional de los derechos humanos e impiden el acceso al asilo de las personas.

Pero también este mes hemos juntado los cuerpos en la calle cientos de mujeres para escuchar a Silvia Federicci, la activista feminista autora de Revolución en punto cero y analizar, guiadas por su análisis, las relaciones entre capitalismo y violencia de género. Escucharla juntas nos ha hecho más conscientes de que la violencia contra las mujeres se ha recrudecido, tanto cuantitativamente como en intensidad, a través de formas nuevas que trascienden lo doméstico y se expresan en la vida pública. Dicho aumento es consecuencia del reajuste neoliberal del capitalismo que desencadena nuevas formas de colonialismo, precarización, explotación económica y militarización de la vida y en todos ellos los cuerpos de las mujeres son siempre los más afectados y vulnerados.

Cuerpos juntos en la calle para denunciar la violencia institucional de las guerras, la compra de tierras para mega proyectos hidroeléctricos que están generando pobreza por   desposesión de muchas comunidades y pueblos indígenas y asesinando a mujeres defensoras de los derechos humanos y ambientalistas, como Berta Cáceres. Cuerpos juntos en la calle para reivindicar los feminismos como fuerza de liberación de las mujeres y no esperar a que los cambios vengan desde arriba sino forzarlos desde abajo, convencidas de que  personal es político y la diversidad, nuestra fuerza.

Cuerpos de mujeres juntos en la calle para contagiarnos inteligencia colectiva y formas nuevas de resistencia en una luchas que han de ser cada vez más internacionales porque la aspiración de una vida libre de violencia nos atraviesa a todas las mujeres de la tierra.