Por Mòni (Voicesonsite.org)

“La Jungla” (como lo llaman sus habitantes), es un campamento de refugiados situado en medio de un antiguo vertedero, donde 5.000 personas de diversos países -Etiopía, Sudán, Irán, Irak, Siria, Eritrea, Kurdistán, Afganistán- intentan sobrevivir en unas condiciones inhumanas. El gobierno francés nunca ha reconocido este espacio como “legal”, así que las grandes organizaciones no se han hecho cargo de la emergencia. Tan solo Médicos Sin Fronteras y Médicos del Mundo trabajan en el campamento de lunes a viernes de nueve de la mañana a cinco de la tarde.

La pequeña organización francesa L’auberge des migrants y un grupo de voluntarios ingleses intentan tirar adelante la caótica situación que supone tener que alimentar y cubrir las necesidades básicas de las personas que viven aquí. El trabajo de todos estos voluntarios es admirable. Los horarios en el almacén para organizar ropa y repartir comida son largos y cansados, de nueve de la mañana hasta la noche, parando brevemente para comer. Muchos vienen para ayudar unos días, otros para quedarse unas semanas; algunos llevan ya meses aquí.

En el almacén se gestionan las llegadas de todo el material. Mucha gente se acerca con coches y furgonetas cargadas de ropa y comida, vienen de muchos países, cercanos y lejanos. Este fin de semana los voluntarios no daban abasto, no había manos suficientes para ir ordenando todo lo recibido.

Otras pequeñas organizaciones y particulares, mayoritariamente de Francia y del Reino Unido, se dirigen directamente al campamento y reparten comida algunos días de la semana. La gestión es difícil.

En el campamento, hay una gran mayoría de hombres y un centenar de mujeres y niños que viven en chabolas, tiendas de campaña o caravanas. “La Jungla” es un barrizal, donde se camina sobre pis, vómitos y todo tipo de basura, donde las condiciones higiénicas son nulas. No hay luz ni duchas y los baños sanitarios no se limpian desde hace semanas.

El espacio es ya una ciudad con una iglesia eritrea, escuelas, tiendas, biblioteca, restaurantes y un centro de arte. Como dijo una compañera mía: “La jungla es el deseo de una vida normal en un lugar imposible”.

El día a día

refugiados en Europa esperan en Calais el paso hasta las islas británicasBonjour”, me saluda un chico afgano haciendo footing. Son las ocho de la mañana y el campamento despierta, muchos se lavan los dientes, otros desayunan alrededor de un fuego mientras calientan las manos, algunos se afeitan.
Tan solo entrar, me sorprende la cantidad de arte que decora el espacio. Fotografías, graffitis, cerámica. Pienso en todos estos artistas talentosos que estamos perdiendo como sociedad, estancados en la nada, sin oportunidad ninguna.

Veo a un joven sirio que dibuja encima de una mesa. En el dibujo solo hay camiones. Para muchos se ha convertido en “rutina nocturna” intentar colarse en un camión o en un tren. Muchos mueren en el intento. Aun así, lo siguen probando. Me sonríe: “Algún día podré colarme en uno de ellos y llegar al Reino Unido”.

Un grupo de mujeres envueltas con pañuelos blancos en la cabeza corren hacia la iglesia eritrea. Hoy es domingo, hay misa. Rezan delante de la puerta azul con una cruz amarilla de la entrada. Parecen sacadas de una estampa, están preciosas.

En el camino casi choco con un niño en bicicleta que pide a gritos a un chico que le regale su guitarra. Es Omar, irakí de ocho años. Me sonríe con ojos tristes. Con un inglés perfecto me pide que le haga una foto. Charlo con él un buen rato. Hace dos meses y medio que está atrapado en “La Jungla”. Le pregunto dónde quiere ir con su familia. Me responde: “No puedo marcharme, tengo que quedarme aquí”. Al despedirnos me da la mano: “Encantado de haberte conocido”. El mundo me cae a los pies mientras le veo alejarse entre el barro y la suciedad.

Oigo risas al lado. Es el chico de la guitarra, vecino de Omar. Vino de Edimburgo a ayudar. Construye mesas para quien las necesite. “Es la primera vez que trabajo, pensé que este era el lugar perfecto para empezar a hacerlo”. Tose, no para de toser. “La tos de la jungla”, me dice mientras sonríe.

El frío ha empezado a castigar a la mayoría de los habitantes y la tos es una constante en el campamento. Hay mucha gente enferma, pasean con la boca tapada o con mascarillas. No hay suficientes médicos para atenderlos a todos. Unas voluntarias se llevan corriendo con el coche a un chico que casi no puede ni andar. Lo quieren acercar al centro de la ciudad por si algún médico puede atenderlo.

Ya hacia el mediodía conozco a Isabelle, una fotógrafa freelance francesa. Hace casi un año que va y viene al campamento. Ha seguido a tres refugiados que han conseguido llegar al Reino Unido, uno de ellos está en la cárcel por entrar de manera “ilegal” en el país.

Le acompaña un chico de Irán con una libreta repleta de apuntes en francés e inglés. Pregunta a todos los que entran cómo se traducen las palabras. Quiere aprender para encontrar trabajo.

Isabelle conoce a casi toda la gente que vive en el campamento. Me señala a un joven también de Irán. “Él es musulmán, su mujer cristiana; tuvieron que huir de su país porque querían matarlos”, me dice. Ahora acaba de ser padre, está feliz, la gente del campamento sale de las tiendas a felicitarlo.

Llega un camión cargado de comida. Un chico grita a los voluntarios: “La próxima vez traed zapatos”. Le miro los pies, va con chancletas. Empiezan una vez más las colas, los gritos y los empujones para poder comer. La policía entra con las furgonetas. Todo el mundo calla. La gente tiene miedo a que la gaseen con gas pimienta o a que se la lleven detenida. “La Jungla” está en estado policial constantemente. Si miras por encima, ves a la policía armada delante de la valla con espinas que se ha construido para que nadie pueda cruzar a la zona de camiones.

Se acerca una banda de música francesa que anima el campamento con instrumentos. La alegría llega por unos instantes, pero no se queda. La gente baila y ríe, los niños salen de las tiendas corriendo. Durante un rato todo el mundo se olvida de que está en “La Jungla”. Atrapados en una ratonera sin salida.

Entre la gente veo a un refugiado sirio que conocí ayer con una cámara de fotos. Dispara sin parar. Forma parte del colectivo Jungleye, un proyecto que ha iniciado una fotógrafa europea con el objetivo de empoderar a las personas del campamento a través de las imágenes.

En el colectivo Jungleye ha encontrado una distracción en este lugar para seguir adelante. Durante el día hace fotos, por las noches intenta saltar al tren para poder escapar.

Me despido de él mientras camino hacia la salida del campamento. Son las cinco y ya oscurece. Me giro casi ya al final del camino. El chico sirio me dice adiós con la mano, mientras me señala la cámara con una sonrisa. Me hace una foto.
Me pregunto si esta noche logrará escapar en un tren. Y si es así, qué futuro le espera.