Por Jesús A. Núñez Villaverde*

De todas las variables en juego en relación con la crisis con Corea no hay ninguna más preocupante que la imprevisibilidad que caracteriza a Donald Trump y a Kim Jong-un. Dado que nadie puede hacer pronósticos ajustados sobre algo tan inasible, solo nos queda confiar en que el cálculo racional termine por imponerse al capricho o a la locura. En esa clave los elementos más relevantes se resumen en que:

  • Pyongyang aún no ha completado su proceso. La llegada al poder de Kim Jong-un en 2011 supuso una significativa aceleración del proceso armamentístico que llevó a su padre, en 2003, a abandonar el Tratado de No Proliferación nuclear. Hoy, cuando ya se contabilizan seis pruebas nucleares, el régimen norcoreano dispone de instalaciones para producir material adecuado para armar de inmediato unas diez cabezas nucleares, así como una demostrada capacidad para controlar todo el ciclo nuclear, como puso de manifiesto el pasado 3 de septiembre, explosionando una bomba de hidrógeno. En paralelo, ha logrado dotarse de un notable arsenal misilístico, incluyendo los misiles balísticos intercontinentales (ICBM) Hwasong14, con un alcance superior a los 5.500km.
la deriva psicópata de los líderes estadounidense y coreano asustan al mundo

PSYCHO. FOTO: DUNCAN C

Kim Jong-il concibió en buena medida su apuesta militarista como un instrumento de negociación para conseguir, a cambio de su apaciguamiento momentáneo, unos alimentos y unos hidrocarburos de los que carece el país. Pero hoy, para Kim Jong-un, ha pasado a ser la principal baza de disuasión con la que el régimen cuenta para evitar su derribo por parte de sus enemigos (con Washington a la cabeza). Eso significa que Pyongyang no cejará en su empeño hasta que consiga llegar al final del recorrido; es decir, hasta que sea capaz de miniaturizar y hacer operativa una cabeza nuclear a bordo de un ICBM. Y todo indica que para llegar hasta ahí no queda mucho más de un año.

  • Las sanciones no sirven. Ninguna de las siete rondas de sanciones aprobadas por el Consejo de Seguridad de la ONU ha logrado doblegar a Pyongyang. Y esto se explica, por un lado, porque son muchos los que, como China, que es su principal socio comercial, prefieren mirar para otro lado o incumplir directamente lo acordado. Por otro, hay que entender que para Pekín es preferible seguir soportando a un vecino tan molesto, que enfrentarse a las consecuencias de su colapso, lo que podría derivar en una considerable oleada de refugiados norcoreanos. Si a eso se le añade la posibilidad de que dicho colapso pudiera provocar la reunificación de la península, consolidando aún más el control estadounidense de la zona, se entiende que China prefiera mantener el statu quo

Tampoco parece probable que la prohibición de suministro de hidrocarburos a Pyongyang (actualmente importa unos 15.000 barriles diarios de crudo y unos 6.000 de productos refinados), buscando ahogarlo hasta que ceda en sus pretensiones nucleares, vaya a suponer ningún cambio radical, dado que dispone de suficiente carbón y de tecnología de licuefacción directa del carbón en crudo sintético. Menos probable aún es que Washington pase de las palabras a los hechos, suspendiendo todas sus relaciones comerciales con cualquier país que siga comerciando con Corea del Norte (amenaza dirigida a una China con la que intercambia productos por un valor anual de unos 650.000 millones de dólares).

  • No hay solución militar. Más allá de las bravatas entrecruzadas entre ambos mandatarios, Kim Jong-un sabe que su país sería borrado del mapa si Washington decidiera atacar como respuesta -o adelantándose- al lanzamiento de un misil contra territorio estadounidense. De ahí se deduce que su pretensión, jugando sabiamente su papel de sobreactuado actor histriónico, no es tanto atacar como no ser atacado; es decir, lo que busca por encima de todo es la supervivencia del régimen que lidera. Por su parte, Trump debe saber que a estas alturas ya está fuera de su alcance suprimir de un solo golpe todo el potencial norcoreano. Lograrlo le obligaría a una campaña sostenida en el tiempo, en la que los principales perdedores serían Corea del Sur y Japón.
  • Se impone la negociación. Los antecedentes no invitan al optimismo, ya que Pyongyang ha violado sistemáticamente todos los acuerdos alcanzados hasta ahora. Aun así, no parece haber otra vía más que, con un creciente protagonismo chino, volver a reunir alrededor de una mesa a todos los citados hasta aquí. El punto de arranque para llegar hasta ahí es el convencimiento de que ninguno puede lograr sus objetivos por las armas. El punto central del desencuentro se resume en que Pyongyang exige que Corea del Sur y Estados Unidos dejen de realizar maniobras militares conjuntas en la zona como señal de buena voluntad, soñando incluso con la retirada de los alrededor de 30.000 soldados estadounidenses, para entrar en una negociación que podría llevar a una ralentización o abandono del programa nuclear norcoreano.

Así debería ser, pero la historia está llena de estallidos irracionales de violencia. Solo queda confiar en que este no sea uno más.

@SusoNunez

*Jesús A. Núñez Villaverde  es codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH)