El presidente de cáritas española habla sobre pobreza y exclusión social

Sebastián Mora Rosado, participó en el Foro Gogoa. Foto: Iban Aginaga

Sebastián Mora Rosado, casado y padre de tres hijos, es secretario general de Caritas España. También es director ejecutivo de la Fundación FOESSA, miembro del Comité Ejecutivo de Caritas Europa y del Consejo Representativo de Caritas Internacional. Dio una conferencia sobre el tema “Hacer visibles a las personas. Acción política y ciudadana contra la pobreza y la exclusión”.

¿Por qué habla usted de “hacer visibles a las personas”?

Porque una de las características de la sociedad global es que va dejando en la cuneta a muchas personas de cuya presencia ni siquiera nos hemos enterado. Hay todo un ejercicio de invisibilización, un ejercicio de ceguera colectiva. Y hacer visibles a esas personas es una tarea de ciudadanía.

¿Cómo se explica nuestra ceguera hacia el prójimo?

Nuestras sociedades han cambiado mucho, se han hecho más complejas y están inmersas en la incertidumbre. De un mundo en que seguíamos trayectorias lineales de vida hemos pasado a otro con trayectorias circulares y en espiral. Y la mayor información que ahora tenemos nos sume en la ignorancia, porque no hay sentido de la información. La realidad es según el lugar desde donde se mira. El actual ministro de Hacienda en funciones dijo, hace dos años, que él no se creía los datos que ofrecía Caritas y ofreció otros datos suyos. Es distinto ver la realidad desde un palacio que desde un barrio en exclusión. Como dice Nagel, “no podemos ver toda la realidad desde ningún sitio, porque siempre vemos la realidad situada”. Los datos recientes de la ultima EPA han sido saludados como reflejo de una mejora en la situación de nuestro país, pero nadie ha comentado que, después de cuatro años, desde 2011 hasta ahora, se mantiene igual, en más de 700.000, el número de hogares que no tienen ningún tipo de ingreso.

Hay sociólogos, españoles y europeos, que, como efecto de la crisis, hablan de nuevas clases sociales: el precariado y los vulnerables. ¿Cómo ha crecido la vulnerabilidad?

De una vulnerabilidad personal se ha pasado a una vulnerabilidad estructural. Cualquiera de nuestros jóvenes puede decirnos a los mayores de la generación anterior: “Para ustedes el futuro era una promesa, para nosotros es una amenaza”. Hay una creciente impresión de vulnerabilidad, de que no todos partimos del mismo punto de salida, pero de que todos somos vulnerables. Hace pocos días me dijo un señor: “Nunca pensé que habría tenido que venir a Caritas a pedir ayuda, solo creí que colaboraría como voluntario”. Verdaderamente la pobreza en nuestro país se ha hecho más extensa, más intensa y más crónica. De los tres millones de personas en pobreza severa que había en nuestro país en 2008 hemos pasado a tener ahora cinco millones. Y su drama no es sólo económico, tiene que ver con su dignidad y su estima propia. Entre tanto, ha habido una fortísima erosión de las políticas sociales de ámbito público. En términos absolutos y relativos, cualquier persona en nuestro país está menos protegida que hace siete años. Mucho menos, claro está, las más vulnerables. Aunque existan también diferencias entre comunidades autónomas.

¿Por qué preocupa, cada vez más, la desigualdad?

Si es que hemos salido ya de la crisis, lo que nos ha quedado es una mayor desigualdad. Porque la crisis es de modelo económico, no una mera crisis de ciclo. Cada vez hay mayor distancia entre quienes tienen o no acceso a bienes y servicios. Los inmigrantes y refugiados son la pintura más expresiva de esa brecha profunda que, a menudo, acaba en tragedia. Y algunos, que hacen series de evolución de esta creciente desigualdad, ven que dentro de veinte a treinta años el uno por ciento de la población mundial dispondrá del noventa por ciento de los bienes del planeta. Esa previsión es una barbaridad tan grande que parece imposible que llegue a darse sin que ocurra una muy fuerte convulsión.

¿Qué consideración ética merece esta situación?

Lo esencial en todo lo que nos está ocurriendo es que nuestra gramática moral –nuestra manera de ver, entender y valorar el mundo- está sufriendo una transformación profunda. Juan Carlos Melli dice que la Gramática Moral es “un modo de ver compartido, una forma de establecer límites entre lo que es legítimo y lo que no lo es”. Venimos de un mundo donde hemos considerado mucho lo que tiene que ver con nuestra “mala conciencia”, centrando la atención de nuestro comportamiento en lo que hemos hecho y lo que hemos omitido. Pero hemos prestado poca atención a lo que se relaciona con nuestra “buena conciencia”, aquello que nos hace estar a bien con nosotros mismos -aunque genere crueldad- y nos hace sentir que lo cruel es legítimo.

¿Puede explicarlo con algún ejemplo?

Cuando se pusieron las cuchillas en las vallas de Melilla, el ministro del Interior, ahora en funciones, dijo que aquello no era para tanto, que las cuchillas cortaban, pero no profundamente. Porque, si no, nos iban a invadir. Así es “la buena conciencia”, una túnica para tapar nuestra vergüenza y nuestra desvergüenza. Así llegamos a considerar que es racional que se ahoguen en el Mediterráneo los inmigrantes que se arriesgan a cruzarlo. Justificamos nuestro mal comportamiento con la buena conciencia y llamamos “daños colaterales” al sufrimiento masivo del género humano. Acabamos legitimando, como decía Hannah Arendt, “un Holocausto de baja intensidad”. El papa Francisco asegura que llegamos a considerar a miles de personas como “población sobrante” y practicamos con ellas el “descarte”. Refiriéndose a los inmigrantes, la expresión “yo no soy racista, pero que no vengan aquí” se puede escuchar de manera cotidiana en el bar, en la calle, en cualquier parte.

Ese modo de pensar y hacer, ¿cómo se ha reflejado durante la crisis?

Toda la política de esta crisis, a nivel estatal e internacional, ha partido de esta consideración: “Son necesarios sacrificios humanos para rescatar lo económico”. Y ha habido cambios legislativos que, con buena conciencia, han ocasionado una situación de vergüenza.

¿Es posible cambiar las cosas?

Claro que sí, pero se nos ha introyectado una cultura de la impotencia colectiva. Nos insisten a diario: “Las cosas son así y no se pueden cambiar; no os empeñéis, dedicaos a otras cosas”. Y esta “geopolítica de la impotencia”, como dice Joaquín García Roca, está muy interiorizada. Claro que hay mucha gente, joven y mayor, que se moviliza; pero hay muchísima más que no se mueve, se va quemando, poco a poco, hasta llegar a un estado de latencia. Conviene recordar a Max Weber, un sociólogo alemán poco utópico, que aseguraba: “Lo único evidente en el mundo es que lo que hoy está pasando muchos dijeron que era imposible”. Yo creo que es posible visibilizar a todas las personas e internarse en muchos pequeños pliegues de la realidad, para cambiarla.

¿Cuál es el método, cuál es el camino?

Hacer efectivos los derechos humanos, siguiendo la triple ruta de la ética, la movilización y la política. No basta una sola, son precisas las tres rutas, tanto en el nivel local como en el estatal e internacional. La ética nos dice que por encima de todo está la dignidad de todas las personas; más diré: los pobres, inmigrantes y refugiados tienen mayor dignidad. “Las personas tienen dignidad, no tienen precio”, dijo Immanuel Kant. Una sociedad que no se moviliza está muerta y hay que superar algunos legítimos intereses particulares en beneficio del bien común general. En la acción política debemos tener presente el ámbito de lo público, el de los cuidados domésticos y el de nuestros estilos de vida, y pensar que entre hombres y mujeres ha de existir equidad y hemos de actuar de acuerdo. Recordar también que somos responsables del otro, sin esperar nada a cambio. Y que defender la causa de los pobres, en la perspectiva de una nueva humanidad, significa renunciar a privilegios. La solidaridad del futuro no será dar de lo que nos sobra, sino decidir a qué estamos dispuestos a renunciar para que otras personas puedan vivir.

¿Cuál es el papel de Caritas en todo ello?

Analizar la realidad, denunciar la injusticia, acompañar a las personas, promover la justicia, realizar tarea comunitaria. Pero yo no veo a Caritas acudiendo a manifestaciones, porque Caritas no es un movimiento social, ni debe serlo. Seguramente que mucha gente que trabaja en Caritas acudirá a las movilizaciones sociales pero no en nombre de la organización. Un amigo mío sacerdote me decía a menudo que “ser profeta es distinto que ser mosca cojonera” y creo que tenía razón: nuestro grito, que se ha de oír, tiene que estar lleno de diálogo y de propuestas, de argumentación, deliberación y debate.

¿Y el lugar de los cristianos en la vida pública?

Actuar unidos a los partidos políticos y a las organizaciones sociales, culturales y educativas, sabiendo que son todos imperfectos y mejorables. Y reconociendo que todos tienen dos almas, polis y pólemos, comunidad y ruptura, lo que conlleva tensiones. Yo, desde luego, no trabajaría en ninguna organización que fuese perfecta, porque no podría albergarme a mí, que soy imperfecto. La Iglesia misma también es santa y pecadora y no tiene hecha, de manera clara y nítida, su opción preferencial por los pobres. Lo que importa es que trabajemos unidos comunitariamente en la pluralidad. La esencia de la vida política es convivir en pluralidad. Como cuando estamos sentados a la mesa y la misma mesa nos separa: hay una cierta distancia, pero estamos haciendo algo en común con los diferentes, no con los iguales, para construir un mundo distinto. La gran cualidad que deberíamos aportar los cristianos es la capacidad de ser puente, no de crear barreras. Y eso es difícil, porque a veces confundimos asentar principios con ser intolerantes.

Según Caritas, ¿cuáles deberían ser las prioridades en políticas sociales para los nuevos gobiernos, el central y los autonómicos?

Hay tres cuestiones principales. La primera debería ser la adhesión del Estado español a la Carta Social Europea renovada, que España y otros países comunitarios no tienen firmada por temor a que se presenten recursos de amparo ante los tribunales por incumplimiento de Derechos Humanos, tal como pasó en Francia por parte de personas sin hogar, lo que provocó la aprobación de una nueva Ley de Vivienda. Así tendríamos herramientas jurídicas para defender a los más pobres. La segunda tiene que ver con la Renta Mínima, una renta garantizada a nivel estatal, que Caritas presentó ya en los años noventa y a la que entonces no hizo caso nadie, pero ahora la mayoría de los partidos se han planteado con mayor o menor generosidad. Y, en tercer lugar, las políticas migratorias y de cooperación internacional, que no tienen buena acogida ahora por ninguno de los partidos políticos. Ninguno de ellos ha tenido un discurso sólido, fuerte, serio y sin matices, sobre políticas migratorias y cooperación, asuntos que no dan votos. Han escrito cosas en sus programas, pero nada más.

¿Qué hacen Caritas Europea e internacional ante la creciente llegada de refugiados y emigrantes?

Nos hemos reunido varias veces con el comisario y hemos tenido una actitud clara de denuncia en la Unión Europea, entendiendo que las política que llevan los estados atentan contra los derechos humanos. Hemos dicho que no hay política migratoria europea y denunciado la externalización de fronteras. Lo que la Unión Europea ha hecho es gastar mucho dinero en alejar sus fronteras a Turquía o Jordania, para que no veamos el problema ni a los niños que mueren a la orilla del mar. Es la lógica de la crueldad: como siguen muriendo lejos, eso no nos ensucia. Caritas pide una política migratoria común y está en contra de la externalización de fronteras y de los cambios en la legislación en materia de refugio. También hace Caritas un análisis muy riguroso de las diferencias que se están dando entre migración y refugio. ¿Es que huir del hambre es un delito? ¿Se sabe que entre todos los solicitantes de refugio en España solo una ínfima parte son negros porque sus países no están catalogados como países en guerra y muchos están siendo expulsados? Nuestra campaña es: “Migrantes y Refugiados con derechos”.