Por Roberto Valencia

Berlín (Usulután, El Salvador) no es uno de esos pueblitos salvadoreños de montaña como Chalatenango o Morazán, que el periodismo tiende a presentar como los territorios inmunes al fenómeno de las maras. Berlín tiene más de 17.000 habitantes y está enclavada en una de las zonas más calientes desde que terminó la Tregua, pero su tasa de homicidios desde 2005 se parece más a la de Costa Rica que a la de El Salvador.

Berlín no es Alemania, pero tampoco parece El Salvador. De ahí mi desconcierto cuando el bus 354, después de serpentear por la sierra, llega a su destino, se detiene a una cuadra del parque central y lo primero que veo al bajar es a tres policías con chalecos y escopetas que retienen contra la pared y manos en la nuca a un joven espigado y dócil. Un agente le saca la cartera de la bolsa y la revisa sin pudor. Otro le trastea el celular. Al poco lo dejan ir, ileso.[quote_right]Berlín es una ciudad cordial de tiendas sin barrotes ni guardias de seguridad, de viviendas con la puerta abierta [/quote_right]

Desconcierto porque a Berlín (Usulután) me trae la convicción de que es un lugar tranquilo en parámetros salvadoreños. Durante la última década este municipio presenta tasas de homicidios más parecidas a las de Costa Rica que a las de El Salvador. Incluso en los últimos años, cuando la violencia en los alrededores (Santiago de María, Tecapán, Mercedes Umaña…) se ha disparado, acá se han mantenido abajo, con un homicidio cada tres o cuatro meses.

El autobús 354 lleva a Berlín desde el municipio Mercedes Umaña, donde sí hay maras. Foto. Ben BeiskeCuenta la leyenda que Berlín se llama Berlín por un naufragio: el barco en el que viajaba desde Costa Rica un misterioso alemán-berlinés llamado Serafín Brennen se hundió frente a las costas salvadoreñas, dicen que en 1884. El señor Brennen se instaló en el valle de Agua Caliente y se integró tan bien con los lugareños que, cuando en octubre de 1885 el presidente de la República Francisco Menéndez firmó el decreto que autorizaba la creación de un pueblo en el valle, los beneficiados avalaron el nombre de Berlín por ser la ciudad natal del extranjero, quien formó parte de la primera municipalidad.

Con el café como motor económico y un clima suave por sus mil metros de altitud como reclamo, el pueblo creció rápido y bien: solo necesitó de dos décadas para recibir el título de “villa” y una década más para el de ciudad. La actual bandera alemana (franjas horizontales negra, roja y oro) es la bandera oficial de este municipio del departamento de Usulután, que está a 110 kilómetros de la capital y que pierde población año tras año a pesar del influjo de LaGeo, la empresa estatal de producción geotérmica, que tiene en Berlín y alrededores los campos más activos de El Salvador.

Hoy Berlín es una ciudad cordial de tiendas sin barrotes ni guardias de seguridad, de viviendas con la puerta abierta. Una ciudad en la que uno puede sentarse en la acera al caer la tarde para platicar con sus vecinos y en la que la gente saluda al extraño como si lo conociera. Pinceladas no tan genuinas, pero lo que en verdad singulariza este asentamiento es que no hay clicas ni canchas ni placazos ni “Ver, oír y callar”. No hay maras en Berlín.

El Ministerio de Educación tiene registrados 32 centros educativos y un único instituto: el Instituto Nacional de Berlín, el INB. “Esta es una ciudad tranquila”, dice Saúl Flores González, el director desde hace más de una década.

En El Salvador, la educación secundaria es un termómetro confiable para medir la temperatura de las maras. Basta meterse en el baño de los varones para calibrar su influencia. En los del instituto berlinés hay algún que otro garabato y rayón que dicen “MS13”, “NLS”, “XV3” (emblemas de las maras)… pero son escasos, malhechos y furtivos, con dejo de travesura. “Los lunes hacemos una formación general”, dice don Saúl, “y yo les pido de favor que tratemos de respetarnos, que nosotros respetamos su uso de tiempo libre, pero que tratemos de mantener el instituto sin marcas de maras, que hagamos de la institución una zona neutral y que aquí ninguno es dueño de nada. Les digo que sus hijos algún día estudiarán acá y que hay que cuidar lo que tenemos”.[quote_left]“Hemos visto el ejemplo de qué sucede cuando entran las pandillas y, por eso, estamos haciendo conciencia con nuestros jóvenes, que son los más vulnerables”[/quote_left]

Junto a la cancha de baloncesto, lugar en el que los forman, destaca un mural de letras grandes sobre una pared:
“Tus padres invierten tiempo y dinero en tu educación; no los defraudes”.

¿Un discurso una vez por semana? ¿Eso es todo? “No. La clave son los proyectos sociales y en eso estamos varias instituciones involucradas. Por ejemplo, nosotros tenemos de 60 a 80 jóvenes en la banda de paz. Vienen de cuatro a seis o siete de la tarde, todos los días. Si no estuvieran acá, estarían en el billar. La vitamina es que el joven pase ocupado, pero para eso se necesitan recursos”.

El mercado municipal de Berlín no ganaría un premio a la limpieza, al orden o la decoración, pero tiene una virtud invaluable: ninguna clica de la Mara Salvatrucha o del Barrio 18 ha establecido –bajo amenaza de muerte– una cuota a los vendedores. En Berlín esos abusos por lo general se denuncian. “Todos los habitantes están pendientes, nos conocemos la mayoría y la policía actúa rápido”, dice.

Peña resulta convincente cuando me niega la presencia de pandillas, pero tampoco hay que pecar de iluso: si fueran una amenaza, no se lo confiaría a un periodista con la grabadora encendida.

bicada a un costado del parque central, la iglesia de San José es el referente iconográfico de Berlín, una ciudad de clima fresco en la que las pandillas no han podido echar raíces. Foto Roberto Valencia La Policía Nacional Civil registró un único homicidio en Berlín durante 2014. En Mercedes Umaña hubo 15. En Ozatlán, 10. En Alegría, 11. En Tecapán, otros 10. Todos son Usulután y todos, pueblos con menos habitantes. El subinspector Francisco Pérez remarca la colaboración entre los berlineses y sus policías. Se ha implementado “bastante bien” la filosofía de la policía comunitaria, que exige confianza mutua entre ciudadanos y agentes, una confianza imposible de construir si hay detenciones arbitrarias, si se requisa con violencia y prejuicios, o si se realizan ejecuciones sumarias.

La relación policías-ciudadanos en Berlín no es tan de color de rosa como la pinta el subinspector, pero existe, se cultiva y, en general, se aprecia por ambas partes. En el contexto salvadoreño suena revolucionario.

Héctor Alvarado, berlinés de 47 años, es instructor de deportes en la sede del Instituto Nacional de la Juventud y, por tanto, trabaja con jóvenes. “Como comunidad no tenemos que dormirnos”, señala, “este es un virus y lo tenemos muy cerca: en Santiago de María y en Mercedes Umaña”.

¿Por qué en esos pueblos sí y en Berlín no? “Acá como que la ciudadanía ha tomado más conciencia y todos los actores locales contribuyen en la prevención. Por eso aún no estamos contaminados”.[quote_right]“Todos los habitantes están pendientes, nos conocemos la mayoría y la policía actúa rápido”[/quote_right]

Una gran bandera de la República Federal de Alemania asida a un mástil de dos metros singulariza el despacho de Jesús Antonio Cortez Mendoza, el alcalde de Berlín. Es relativamente joven, aún se puede presentar como treintañero. Destila satisfacción por saberse vecino de una ciudad sin maras. No oculta que la coyuntura actual, con un gobierno que ha decidido afrontar el fenómeno de las maras por la vía estrictamente represiva, les podría afectar, por el retorno de personas de otros municipios.

“Tenemos algunas colonias –dice– que empiezan a quererse complicar, con jóvenes aficionados a las pandillas. La juventud siempre está en esa situación de poderse contaminar, por la gente que viene de otros municipios”. Contaminar, dice. Es un verbo que repiten mucho los berlineses para referirse a las maras. También “virus”. También “lacras”.

“Hemos visto el ejemplo de qué sucede cuando entran las pandillas y, por eso, estamos haciendo conciencia con nuestros jóvenes, que son los más vulnerables”. Trabajar con los jóvenes. Eso podría decirlo el alcalde de cualquier ciudad salvadoreña. “Nuestra ventaja es que todos sabemos quién es y en qué anda nuestro vecino, la población se ha unido”. Quizá sea una frase hecha, “La población se ha unido”, enésimo lugar común en la boca de un político. Pero quizá no, quizá una idea tan simple sea la clave de todo.

No. Berlín no es Alemania, pero definitivamente tampoco parece El Salvador.

(*) Extracto del artículo publicado en “Sala negra” de El Faro
http://www.salanegra.elfaro.net/es/201510/cronicas/17401/No-hay-maras-en-Berlin.htm