Comienza a ser agotador. Este enfrentamiento a golpe de bandera que tiene partida en dos a la opinión pública se está alargando hasta el enquistamiento. La rabia de las patrias de nailon colgadas de los balcones de nuestras calles se traslada hasta nuestras conversaciones entre amigos, hasta nuestros muros en las redes sociales e incluso hasta los grupos de whatsApp familiares. Nos obligan a posicionarnos radicalmente entre las dos únicas opciones que ofrecen los poderes y al quiere salirse de ese marco impuesto se le tilda de tibio, de equidistante, de buenista y poco menos que de traidor a cualquiera de las dos causas en lid. Esto no es nuevo, que lo de obligar a uno a posicionarse dentro de un paradigma concreto para tenderle una trampa intelectual ya lo venían practicando con eficacia ciertos fariseos de hace un par de milenios.

Nos obligan a posicionarnos y mientras el mundo sigue girando más allá de lo que el telón de las banderas nos permite mirar. En lo que Mariano Rajoy aplicaba el temido 155, se destapaba que por primera vez en dos décadas la tendencia del hambre mundial no era a la baja sino que ha crecido. En lo que Carles Puigdemont cogía su avión a Bélgica, conocíamos que se ha marcado un nuevo récord global de concentración de CO2 en la atmósfera y que antes de 2050 puede haber aumentado la temperatura mundial en 3 grados, lo que sería una catástrofe irreversible. Pero mientras, agitemos nuestras banderas, cada uno la suya, no vaya a ser que nos digan algo.