En las últimas semanas el panorama mediático se ha visto copado por el referéndum convocado el 1 de octubre sobre la posible independencia de Cataluña. Cuando este número de la revista llegue a las manos de nuestros lectores y lectoras ya sabremos qué pasó ese día, sin embargo en el momento de escribir estas líneas aún se mantiene la incógnita en torno a muchos aspectos de esta convocatoria independentista.

 

Sobre lo que no hay incógnita es acerca del contexto en el que ésta se ha generado. El actual gobierno de la Generalitat está incumpliendo leyes y lo hace, en buena medida, porque el gobierno de España ha sido incapaz de dar solución a numerosas cuestiones a lo largo de los últimos años, comenzando por el freno al Estatut en 2010. Desde dicha fecha el independentismo ha pasado del 15% al 49% y con las actuaciones del gobierno de Rajoy de los últimos días no cabe duda de seguirá creciendo.

 

Las medidas coercitivas y las amenazas no están solucionando el problema social, el sentimiento de una parte de la población catalana con la que se puede estar más de acuerdo o en desacuerdo, pero que no se puede negar que exista. Y el hecho de que la independencia cope la actualidad política de Cataluña provoca, además, que se dejen a un lado todos los temas que afectan a los ciudadanos, como educación, salud, igualdad, pobreza, discapacidad, transportes o carestía de vida.

 

El PP sólo entiende como posibilidad de negociación el que Cataluña baje la cabeza y se adhiera a su postura. Y, por su parte, los políticos catalanes independentistas están instalados en sus puestos de representantes y se han “desenchufado” del Estado. A unos y a otros, desde sus escaños y despachos, beneficia el conflicto para silenciar casos de corrupción, problemas económicos, empleos precarios…

 

En el silencio posterior al 1-O lo deseable sería que se creara un clima de diálogo real y humano. Que se debata el cambio en la Constitución, que se defiendan los derechos de toda la ciudadanía, se avance hacia una sociedad más moderna, a una democracia participativa y superadora del voto cada cuatro años. Ojalá esos sean realmente los valores que se retomen e intensifiquen, no perdamos la esperanza.