CURA_GAY.jpg Acabamos de pasar la semana en la que muchos y muchas han celebrado el orgullo de ser gay. Ya estamos acostumbrados a que, desde hace unos años, nuestras calles en Madrid se llenen de banderas arco iris, se “abran los armarios” y, sin miedo ni pudor, muchas y muchos invadan la vía pública proclamando a todas y todos los que quieran oírlo, que son homosexuales, gays, lesbianas… que son como todos los demás, que tienen sus familias. Son profesores, profesoras, abogados, médicas, amas de casa, padres y madres de familia… hombres y mujeres iguales a todos los demás, sólo con distinta opción sexual. No son enfermos ni enfermas, aunque Juan Antonio Reig Pla, obispo de Alcalá, así lo crea y haya sacado una guía con consejos y lecturas para curar la homosexualidad. No son enfermos. Son como todas y todos los demás. Y, además, también los hay que son creyentes.

Y quizás sea a esto a lo que estamos menos acostumbrados: a que los creyentes gays y lesbianas se sientan orgullosos de serlo y de proclamarlo en la vía pública. Así lo hicieron el pasado domingo 3 de julio en la Plaza del Rey (barrio de Chueca, Madrid). Medio centenar de personas nos dimos cita para compartir la fe. Estábamos católicos, protestantes y miembros de la Iglesia de la Comunidad Metropolitana de España. Estábamos gays, lesbianas y heterosexuales que creemos en la igualdad y en el amor de Dios Padre y Madre para con todas y todos.

diaconisa.jpgEra la primera vez que participaba en una manifestación pública como ésta. También era la primera vez que organizaban una convocatoria desde la fe en el marco de la semana gay. Me gustó participar. Me encantó ver gente orgullosa de lo que es; pero volví a sentir pena y dolor por esta Iglesia Institución que rechaza a los que son diferentes. Sentí el sufrimiento de los que contaron su testimonio y expresaron su proceso, casi siempre doloroso, de aceptarse como gay, como lesbiana y, sobre todo, como cristiana y cristiano en una iglesia que los rechaza y los considera enfermos.

Pero con todo, el mayor sentimiento fue el de alegría y acción de gracias por la fuerza de estas personas que se atrevieron allí, en plena calle y a través de unos potentes altavoces, decir: “Soy gay, soy lesbiana y soy creyente y Dios me ama”.