Todos los veranos, miles de jóvenes de distintas creencias cristianas –también adultos y familias con hijos pequeños- invaden la pequeña colina en la que se asienta la comunidad de Taizé, en la Borgoña francesa, cerca de Cluny. Este año no ha sido distinto, aunque que quizá sí algo especial. ¿Por qué? Sencillamente porque, a lo largo de los últimos meses, se han conmemorado tres acontecimientos: el centenario del nacimiento del hermano Roger (12 de mayo de 1915), el 75º aniversario de la fundación de la Comunidad (20 de agosto de 1940) y el décimo aniversario de la muerte de Roger de Taizé (16 de agosto de 2005) a manos de una mujer rumana cuando se celebraba la oración de la tarde. Todo ello con el espíritu concreto de una nueva solidaridad y el deseo profundo de unidad por encima de etiquetas. El papa Francisco, el 20 de agosto, recordó en el rezo del Angelus la creación de la comunidad de Taizé.

El hermano Roger no fue nunca muy partidario de la celebración de grandes efemérides, pero la comunidad, con el hermano Alois al frente, pensó que este año 2015 era bueno hacer algunas “oraciones especiales” con los jóvenes que recordaran la vida y el legado del fundador de Taizé. Probablemente el acto más intenso haya sido el encuentro de 3.800 jóvenes de todo el mundo, entre 18 y 35 años, en la semana del 9 al 16 de agosto. En esos días, chicas y chicos, con cierta homogeneidad ya en su vivencia espiritual, en su formación académica o laboral, participaron en 110 talleres diferentes en economía, arte, salud, ecología, teatro social, música, política, religión, amistad… en los que encontrar una nueva solidaridad para un desarrollo más justo y dar un impulso a la vida interior.

Este ir y venir constante, a veces incluso agotador, culminó en la tarde del domingo 16 de agosto con una oración de acción de gracias –se había celebrado otra el sábado- en memoria del hermano Roger. La celebración tuvo lugar al aire libre, no en la iglesia de la comunidad. El espléndido marco borgoñés –pequeñas colinas salpicadas de pueblecitos, verdes prados, arboledas- acogió a los miles de jóvenes, a los 75 hermanos de Taizé y a los delegados de las diferentes iglesias cristianas, entre ellos los de las iglesias ortodoxas de Rusia y Ucrania, algo nada frecuente en el paisaje del ecumenismo. También había budistas, judíos… Todos ellos revestidos con sus ornamentos, lo que producía un cierto asombro en los jóvenes, pero también una enorme fuerza al verlos juntos por un motivo común: la creencia en el mensaje de Jesús. Todo resultó sencillo, cercano, “muy bonito, con mucha paz”, como manifestaba Francine, una joven llegada de Menorca. Se palpaba mucho amor por el ser y por una Iglesia auténticamente universal, que sea cada vez más un lugar de acogida donde se escuche a todos y todas sin prejuicios de etiquetas, que nos mantienen separados desde hace siglos.

Cuatro propuestas

A la luz de este Encuentro para una nueva solidaridad, la comunidad de Taizé hace una serie de propuestas para ser sal de la tierra, como compartir con los que nos rodean el entusiasmo por la vida; comprometernos con la reconciliación, ya que “el Evangelio nos llama a no transmitir a nuestro alrededor o a la próxima generación los resentimientos heredados del pasado”; trabajar por la paz, ya que “la paz es también la causa de justicia a nivel global. En las sociedades donde el lujo y la pobreza conviven, ¿deberíamos sorprendernos de que surjan diferentes formas de violencia? Compartir la riqueza alivia tensiones y es una importante contribución al bien común”. Por último, propone cuidar nuestra vida, “encontrando un buen equilibrio en nuestra forma de consumir y utilizar los recursos naturales, entre las necesidades básicas y el deseo de tener siempre más”.

Pero, como dijimos al principio, este año de acontecimientos ha tenido otros eventos. Así, el pasado mes de mayo se hizo una invitación de la comunidad a la gente de la región de Taizé, salpicada por pequeñas poblaciones en las que la mayoría de sus habitantes son personas mayores. Era una forma de orar y de agradecer la acogida que el hermano Roger tuvo en 1940, en plena Segunda Guerra Mundial, por parte de una mujer que le ofreció su casa para quedarse. Fue una forma de cimentar una relación que, por diversas circunstancias, no siempre había sido cercana.

Ya en julio, entre los días 5 y 12, alrededor de 250 religiosos y religiosas reflexionaron sobre la actualidad de la vida en comunidad. Allí estuvieron hombres y mujeres de diferentes congregaciones católicas, ortodoxas y protestantes, menores de 40 años, compartiendo su vida de compromiso y su significado en el mundo de hoy, basándose en lo que el hermano Roger pudo contribuir al “gran árbol de la vida monástica”, en el que Taizé es “un sencillo brote que se ha injertado”, como le gustaba decir al religioso suizo.

El último evento tuvo lugar del 30 de agosto al 6 de septiembre con la celebración de un encuentro sobre la contribución del hermano Roger al pensamiento teológico. En él van a participar jóvenes teólogos de menos de 40 años, estudiantes, investigadores o quienes ya participan en el ministerio de las Iglesias católica, ortodoxa y protestante.

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