Por Yolanda Sobero

“2017 sera l’année des patriotes!”. “El año de los patriotas”. Este tuit de la líder del Frente Nacional, Marine Le Pen, resume el optimismo -incluso la euforia- de la derecha ultra y radical europea al inicio de 2017, segura de que, como indican las encuestas, conseguirá grandes éxitos en un año electoral en el corazón de Europa: Países Bajos (15 de marzo), Bulgaria (13 de marzo), Francia (por partida doble, presidenciales y generales), Reino Unido (8 de junio), Alemania (24 de septiembre), Austria (15 de octubre), Chequia  (20-21 de octubre).

“Libertad para Europa” es el lema de lo que puede considerarse como el inicio de su campaña, la reunión del grupo europarlamentario “Europa de las Naciones y las Libertades”, que encuadra a los partidos de la ultraderecha, el 21 de enero en Coblenza (Alemania). A esta especie de “cumbre”, organizada por Alternativa para Alemania (AfD), asisten un millar de representantes de esta “derecha alternativa”, entre los que destacan el holandés Geert Wilders (Partido por la Libertad-PVV) y la francesa Marine Le Pen (FN-Frente Nacional), a quienes, en ese momento, se da como seguros ganadores en las urnas.

La situación de los países europeos y los partidos de ultradercha

Infografía Pepe Montalvá. Pulsa para ver más grande

Marine Le Pen abre las intervenciones. En su primer acto político en Alemania asegura que, tras el triunfo del Brexit, “2017 será el año del despertar de los pueblos de la Europa Continental”, el inicio de “una nueva era”, en la que los estados-nación, los pueblos, se liberarán de “la prisión de la Unión Europea”. Geert Wilders carga contra la “islamización” y las élites, augurando “una primavera patriótica en toda Europa”, “la revolución que liberará a los pueblos europeos del autoritarismo de Bruselas”.

Pero sus expectativas no se colman. En los Países Bajos, el PVV de Wilders queda segundo, tras el Partido Libertad y Democracia (VVD, centro derecha) del primer ministro Mark Rutte, que consigue mejores resultados de los previstos. En Francia, Marine Le Pen no consigue, como le sucedió a su padre en 2002, la presidencia y en las generales, aunque logra 8 escaños frente a los 2 de 2012, los resultados se consideran una derrota y abren una crisis en el Frente Nacional. En Austria, el Partido de la Libertad (FPÖ) aparece como ganador en las encuestas, pero las urnas lo dejan como tercera fuerza. En el Reino Unido, el UKIP, eufórico tras el Brexit, se desploma y queda sin representación parlamentaria.

La ultraderecha ve cumplida, sin embargo, sus expectativas en Chequia, donde Libertad y Democracia Directa (SPD) se convierte en la cuarta fuerza política y, sobre todo, en Alemania, donde, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, logra no solo estar presente en el Bundestag, sino también ser el tercer partido más votado.

Victoriosa o no, la ultraderecha se ha convertido en una fuerza política imposible de minusvalorar. En los parlamentos nacionales de los estados comunitarios cuenta, en total, con más de 25 millones de votos y 460 escaños. En el Parlamento Europeo, ocupa 99 escaños con el respaldo de más de 17 millones de votos.  Esta nueva derecha radical se siente reforzada por la victoria de Donald Trump, el Brexit y la complicidad y afinidad de gobiernos conservadores, como el polaco, presidido por Beata Szydło  (Ley y Justicia-PiS) o el húngaro de Viktor Orbán (Fidesz-Unión Cívica Húngara). Además, esté o no en algún órgano de poder, es capaz de condicionar el discurso, los debates y las políticas de otros partidos.

La alargada sombra de la nueva extrema derecha

Esta extrema derecha nueva, radical, llamada por algunos alternativa, crece en Europa. Con mayor o menor éxito político en las urnas, sus resultados electorales son síntomas de una crisis social que desborda lo económico.

El ascenso de la ultraderecha en Europa y el mundo

Marine LePen y Geert Wilders junto a otros líderes de la ultraderecha europea.

Un reciente estudio de la Comisión Europea indica que “por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, existe un riesgo real de que la actual generación de jóvenes adultos –la generación mejor formada que hemos tenido nunca- acabe teniendo unas condiciones de vida peores que las de sus padres”. Según el Eurobarómetro de 2017, más del 80% de los europeos señalan el desempleo, las desigualdades sociales y la migración los principales retos de la UE.

El populismo y la extrema derecha explotan con habilidad la inseguridad y el descontento generados por la crisis económica, el paro, la temporalidad, la desigualdad, la corrupción, los nuevos desafíos tecnológicos, la globalización, la percepción de que el verdadero control lo tienen lejanas instancias, supranacionales.  En suma, un tiempo de crisis, de cambios que provoca ansiedad, incertidumbre y espolea el miedo, esa “herramienta de los totalitarismos”, como lo define la filósofa Adela Cortina.

La ultraderecha abona este miedo y lo utiliza para presentarse como diferente a los partidos tradicionales, liberales y socialdemócratas, a los que tacha de elitistas, de hacer las mismas políticas, de  menospreciar al ciudadano de a pie. Como antídotos invoca al “pueblo”, propone reforzar el estado-nación, la recuperación de la autonomía nacional frente a la globalización y construcciones supranacionales -como la Unión Europea-, la cohesión en torno a lo “propio”, las “esencias” nacionales frente a lo ajeno”.

Este miedo se traduce en votos. Además de los fanáticos, la extrema derecha consigue atraer los de los decepcionados con el “sistema”, por unos partidos que nos dan respuesta a sus inseguridades e inquietudes. Más que de los fanáticos, sus votos proceden de los defectos, del voto  de castigo de los antiguos votantes de los partidos tradicionales, en particular de la izquierda.

Esta nueva derecha populista y extrema sabe utilizar además los nuevos medios. Las redes sociales le permiten difundir sus propuestas, atizar debates, crear polémicas que acaban por involucrar a otros medios y otros partidos.  Los mensajes de la extrema derecha logran así tener una difusión más fácil y mayor que nunca.

Pese a su carácter autoritario, esta ultraderecha se presenta como “democrática”. En el Parlamento Europeo, la mayoría de estos partidos están integrados en dos grandes grupos: Europa de las Naciones y las Libertades (EFN) y Europa de la Libertad y la Democracia Directa (EFDD).

El EFN, del que forman parte Alternativa para Alemania (Afd), el FPÖ austríaco, el Frente Nacional y la Liga Norte italiana, declara en la página web del Parlamento Europeo su conformidad con “los principios democráticos y la declaración de derechos fundamentales” y rechaza los proyectos autoritarios o totalitarios. Se declara, eso sí, contrario a cualquier política o modelo supranacional y partidario, por tanto, de preservar la identidad de cada nación y hace del control de la inmigración uno de sus principios fundamentales.

El EFDD, que agrupa a partidos como el lituano “orden y Justicia” o al británico UKIP, reconoce explícitamente la Declaración Universal de Derechos Humanos y la democracia parlamentaria. Como puntos fundamentales de su programa señala la cooperación entre los pueblos, su oposición a la integración europea, el derecho de cada nación y pueblo a proteger sus fronteras, reforzar sus tradicionales y sus valores culturales y religiosos.

Otras formaciones ultraderechistas, como el Partido Popular Danés (DF) o Verdaderos Finlandeses (Peruss), forman parte del grupo de los Conservadores y Reformistas Europeos, al que pertenecen también partidos gobernantes como el  polaco “Ley y Justicia” (PiS), que consiguió la mayoría absoluta en las elecciones generales de 2015.

Una muestra del frágil límite entre un nacionalismo conservador y uno ultraderechista es la Unión Cívica Húngara (FIDESZ). Encabezada por el primer ministro Viktor Orbán, forma parte del Partido Popular Europeo, pero su actuación como gobierno es controvertida por su carácter antieuropeo  y autoritario. A su derecha, el Movimiento por una Hungría Mejor (Jobbik), consiguió en las últimas elecciones generales (2015) ser el tercer partido más votado y logró 23 escaños. Lo que parece un buen resultado no lo es, ya que perdió 24 escaños, pérdida que algunos expertos atribuyen a la radicalización del partido de Orbán. Si, como dice el periodista Josep Ramoneda, “la extrema derecha es el plan B del sistema”, en el caso húngaro parece no ser muy necesaria.

Manifestantes xenófobos en Polonia

Decenas de miles de ultraderechistas salen con bengalas a las calles de Polonia en la manifestación xenófoba del pasado noviembre.

El rechazo al otro

En 1989, toda Europa celebra la caída del Muro de Berlín. El pasado 9 de noviembre, veintiocho años después, el diario berlinés Der Tagesspiegle publicó en portada la lista de los que, desde 1993, han muerto en su intento de hallar refugio en suelo europeo: 33.293 nombres y datos de “solicitantes de asilo registrados, refugiados y migrantes que murieron debido a las políticas restrictivas de la Fortaleza Europea”.

Nuevos muros rodean a Europa: desde las concertinas de Melilla a las alambradas y barreras levantadas en Calais y las fronteras de Hungría con Rumania, Croacia y Serbia, Grecia y Bulgaria con Turquía. El Mediterráneo es un mar militarizado, se negocian acuerdos con otros países, como Turquía, para que sirvan de tapón. Su objetivo es el mismo: impedir la entrada de inmigrantes, de refugiados, de los no deseados.

Estas barreras, levantadas por las autoridades estatales por “razones de seguridad”, cuentan con el apoyo entusiasta de la ultraderecha europea, cuyas tres banderas fundamentales son la xenofobia, la inmigración y la islamofobia. En suma, el rechazo al “otro”.

Los refugiados

Parece que los europeos han olvidado -o no quieren recordar- su pasado no tan lejano. Hace poco más de 70 años, millones de europeos fueron desplazados y deportados durante la Segunda Guerra Mundial y en la inmediata postguerra. Las imágenes de los sirios que intentan llegar a Europa se hermanan con las fotos en blanco y negro de los europeos de ayer.

La llamada “crisis de los refugiados” ha dejado al descubierto la debilidad de Europa y la fragilidad de sus principios. También se ha convertido en uno de los puntos centrales del debate político, lo que ha beneficiado a la ultraderecha.

En Alemania, los refugiados son el gran tema de la campaña de la AfD y se alienta el miedo y el rechazo al “otro”. Ya en una entrevista concedida en febrero de 2016, su líder, Frauke Petry afirma sin reparo alguno que “la policía debe hacer uso de las armas de fuego contra las refugiados que cruzan ilegalmente desde Austria”.

Tras acoger a 1’3 millones, Ángela Merkel pierde votos y escaños en las elecciones generales. La coalición gobernante, CDU/CSU-SPD, obtiene sus peores resultados mientras que Alternativa para Alemania (AfD) consigue ser el tercer partido más votado y logra que, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, la ultraderecha se siente en el Bundestag.

Islamofobia

Diríase que la islamofobia es casi una obsesión para Greet Wilders. En 2015, durante un debate parlamentario sobre la crisis de los refugiados sirios, Wilders se refiere a  ella como “la nueva invasión islámica de Europa” y la describe como “masas de jóvenes veinteañeros barbados, cantando “Allahu Akbar” a través de Europa. Es una invasión que amenaza nuestra prosperidad, nuestra seguridad, nuestra cultura e identidad”. En su última campaña electoral,  el lema de Greet Wilders ha sido “Hagamos los Países Bajos nuestros de nuevo”.

Hay europeos que se sienten “amenazados por la llegada de  refugiados e inmigrantes, sobre todo si son musulmanes. Algunos aseguran sentirse “invadidos”, extranjeros en su propia tierra. Un terreno abonado para la ultraderecha, para mensajes populistas cuyas soluciones fáciles solo agravan los problemas. Pero cuando nos demos cuenta, será tarde.