Hace ahora dos años decidí ir a Cuenca a celebrar mi octogésimo aniversario. Visité la colección de Saura, el museo de arte abstracto y ese otro, curioso y divertido, el Antonio Pérez de objets trouvés. Precisamente estando en este último el sol, oculto hasta entonces, apareció de repente tiñendo de un rojo intenso, durante dos minutos, la montaña que bordea el Parador. Guardo una foto de aquel acontecimiento que interpreté como un regalo de cumpleaños. Todo fue, pues, perfecto menos en lo que se refiere a la Iglesia. A la vuelta escribí al obispo diciendo que cobrar cuatro euros por entrar en la catedral cuando los otros museos cobraban uno no quedaba muy bien. Y que el letrero resaltado en una fachada –Palacio Episcopal- suscitaba comentarios sardónicos. Como es habitual, no me contestó ni acusó recibo.

He recordado esos sucesos al leer un artículo colgado por la agencia italiana Adista. Se refería al cambio de actitud que, en seguimiento de Francisco, han tomado una serie de obispos italianos. Por desgracia no he sido capaz de recuperarlo para contar los casos uno por uno. Recuerdo que uno de ellos había decidido dejar el palacio e irse a vivir a una casa de vecinos. Otro anunció que cada semana viviría en una parroquia de su diócesis. Un tercero vendió el coche lujoso del obispado para comprar otro más barato que empezó a conducir él mismo. Un cuarto conminó a todos a no utilizar ya los títulos episcopales para referirse a él… Se trataba de una larga lista, en parte también –todo hay que decirlo- porque los obispos italianos son muchos.

Recuerdo que cuando leí el artículo pensé: ¿y qué hay de los obispos españoles? No he sabido de ninguno que haya emprendido un estilo de vida menos solemne y estoy seguro de que todos siguen siendo excelentísimos y reverendísimos.

Hay un vídeo que ha recorrido las redes y que reproduce un fragmento del discurso de Francisco ante el Encuentro mundial de movimientos populares celebrado hace poco en Roma. Dice así el papa: “Cualquier persona que tenga demasiado apego por las cosas materiales o por el espejo, a quien le gusta el dinero, los banquetes exuberantes, las mansiones suntuosas, los trajes refinados, los autos de lujo, le aconsejaría que se fije qué está pasando en su corazón y rece para que Dios le libere de sus ataduras. Pero, parafraseando al expresidente latinoamericano que está por acá, el que tenga afición por todas esas cosas, por favor, no se meta en política. Que no se meta en una organización o movimiento popular, porque va a hacer mucho daño a sí mismo, al prójimo y va a manchar la noble causa que enarbola [pausa]. Y tampoco que se meta en el seminario”. Yo añadiría: y que no se meta a obispo.

Estoy seguro de que se me acusará fácilmente de construir una falacia. Los obispos son personas normales, generalmente austeros y solo se visten así, usan esos símbolos y esos títulos, viven donde viven porque lo exige el cargo y la autoridad que encarnan. Esa disculpa, sin embargo, no vale: todos tienen estudios, algunos son doctores por Roma, Múnich o Washington y todos han  leído el Evangelio. ¿Qué les falta para darse cuenta de la figura anacrónica y poco evangélica que representan?

Quizá no se han mirado bien. Al menos eso tienen de bueno: no les gusta el espejo.

P.S. En las cartas que recibo del obispado me llaman reverendo. Esa palabra viene del verbo latino vereor, que significa “temer”. El gerundio verendo quiere decir temible y reverendo, reduplicativo, muy temible. Reverendísimo, el título de los obispos, es igual a muy “temibilísimo”. Es lo que son.