Hace pocos domingos la lectura el evangelio nos recordaba que los pobres son bienaventurados y no hace tanto en reuniones y mítines nos han proclamado la importancia de los pobres, la centralidad del pueblo.

La verdad es que se trata de afirmaciones que suenan bien, sobre todo si se formulan así, utilizando un sustantivo colectivo y plural.  Sin embargo, si se baja a los individuos, la cosa no es ya tan evidente. Los pobres son dignos, meritorios, merecedores de atención y ayuda. Pero el pobre suele ser engorroso, molesto, no raramente simulador o mentiroso. Frecuentarlo no nos ennoblece sino que nos desasosiega, nos aporta zozobra, nos complica la vida sin remedio.

En la Expo de Sevilla el pabellón helvético -pequeño, divertido, nada “suizo”- proyectaba en la pared frases de autores conocidos. Una de Max Fritz decía: “Importamos trabajadores y resulta que llegaron personas”. Con buen criterio el autor suizo nos obligaba a salir de las estadísticas y bajar la mirada  para hacer algo que no queremos: fijarnos en el pobre.

Mal que bien, aceptamos ayudar o tutelar a quien ha sido víctima de un infortunio, de la mala ventura. Pero muchos de los pobres de nuestras ciudades han llegado a esa situción por sí mismos. Consciente o inconscientemente, ellos se lo han buscado. Y, ¿quién desea meterse a desenredar madejas que ellos mismos se han empeñado en enmarañar? Y, sin embargo, en alguna de sus obras Mounier hace notar con toda razón que el espíritu cristiano no consiste en amar a la humanidad sino en amar al prójimo.

Todavía recuerdo aquella comsigna de Cáritas en los años sesenta que animaba a sentar un pobre a la mesa en el banquete de Nochebuena y lo hago porque cené en la casa de una familia que se la tomó en serio. Vista desde hoy se nos antoja, sin duda, de una ingenuidad asombrosa (ya se encargó Berlanga de ridiculizarla en su filme Plácido) pero, al menos, su objetivo era dirigir la atención al pobre concreto y real, nuestro vecino ignorado.

Hoy nos hemos vuelto más prácticos y realistas. Colaboramos con organizaciones, con ONG que se ocupan de los pobres pero en general evitamos implicarnos en la tutela, el seguimiento o la compañía de ninguno.

[quote_right]El espíritu cristiano no consiste en amar a la humanidad sino en amar al prójimo[/quote_right]

En el interesante reportaje publicado en alandar con motivo de los 50 años de la muerte de don Milani se contaba que, proviniendo de una familia adinerada, “en su primer destino descubrió enseguida que había muchos pobres pero en su entorno familiar nunca los había visto”. A nosotros puede pasarnos lo mismo. Sí que hemos visto pobres, en las colas de los comedores, en las esquinas pidiendo, durmiendo al raso, pero nunca hemos conocido a ninguno.

Recuerdo aquí aquella frase un poco críptica de San Pablo a los corintios: “Jesús, siendo rico, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza”. Dar una limosna, pagar la cuota a una ONG, no nos hace más pobres. Con nuestra riqueza ayudamos. Lo que sí nos empobrece –porque nos quita tiempo, porque nos inquieta, nos desasosoiega, nos llena a veces de impotencia- es la cercanía del pobre. Y, sin embargo, ese empobrecimiento enriquece a otros. Porque todo el mundo tiene necesidad de dinero, de comida y de techo pero, sobre todo, de atención, de compañía, de calor humano.

No quiero yo con todo esto volver a decir algo semejante a “adopte usted su propio pobre”. No, eso ya también lo puso en solfa Jacques Brel en una canción. Pero sí recordar que trajimos inmigrantes pero llegaron personas, que hay vendedores de top manta que son personas, que hay mendigos en las esquinas pero que son personas.